sábado, 30 de diciembre de 2006

Robert Walser, el gran ironista

Robert Walser, el escritor suizo en lengua alemana, me recuerda a un monje zen: pobre, vagabundo y desapegado. Pero dotado de una sensibilidad y una capacidad artísticas descomunales.

Tanto dá un chino como un poeta japonés de haikús.

Robert Walser, el gran ironista, el escritor que elevó la ironía a la más elevada categoría artística, no tuvo demasiada suerte, ni en vida, ni tras su muerte.

Fue bastante longevo, 78 años, pero pasó los últimos venticinco recluído en un centro psiquiátrico. Tenía problemas con el alcohol e intentó suicidarse en varias ocasiones.

Creó y publicó, con relativo éxito, la parte más importante de su obra durante el primer cuarto del siglo pasado. “El bandido”, en 1925, fue su última obra publicada.

Al parecer, continuó escribiendo durante un par de años más, pero nunca publicó este trabajo.

Tanto la vida como la obra de Walser son una contradicción en estado puro. El gran amante de la libertad hizo de la servidumbre el asunto principal de su literatura. El caminador compulsivo que fue terminó recluído sin remisión.

Pese a todo ello, rizando el rizo de la ironía, hizo del optimismo su bandera literaria. Siempre se esforzaba, a la hora de escribir, de encontrar el lado positivo de las cosas, de los sucesos, de las personas.

Si Walser hubiera visitado el infierno no tengo la menor duda de que hubiera escrito una crónica ensalzando sus excelencias, sus comodidades, sus posibilidades de diversión y su lirismo cálido

De esta forma su ironía, bajo una dulce y seductora apariencia, era demoledora, subversiva, inapelable.

No hace mucho se han publicado aquí, bajo el título de Microgramas, los escritos de los dos últimos años que Walser estuvo activo.

Los editores y los eruditos que se han encargado de descifrar los manuscritos se han puesto unas cuántas medallas por ello, pero hay un hedor comercial difícil de disimular.

Cualquiera que empiece a leer a Walser por estos “Microgramas” cometerá un gran error. Son amazacotados y prolijos. Se vuelven antipáticos, bien lejos de la ligereza de un “Jakob von Gunten” o de tantos de sus deliciosos relatos cortos. Corre el riesgo de hacerse una irreparable idea equivocada de Walser.

Sus razones tendría para no publicarlos. Razones que ahora no se considera oportuno respetar.

Hasta en el momento de su muerte fue objeto Walser de rapiñeo. Alguien con una cámara fotográfica tuvo la desfachatez de divulgar las fotos de su cadáver, tirado sobre la nieve, un día de Navidad, hace cincuenta años.

Aunque él hubiera dicho que el frío le venía bien para conservar su lozanía.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Instrucciones para ver el mar



Para personas atareadas e, incluso, muy atareadas:

1. Elíjase, preferiblemente, una jornada de cielo despejado, pero tampoco muy despejado. El mar está más bello con cielos espesos.

2. De buena mañana, antes de ir al ominoso trabajo (o no tan ominoso, según se mire y según estado de ánimo, o sea, estado de cuerpo en realidad), resérvense cinco minutos para preparar un picoteo o tentempié. Sugerencias: sandwuich al gusto, bocadillo variado, fruta del tiempo, yogures (se deberá adjuntar cucharilla, salvo que sean bebibles), barritas energéticas, frutos secos... Envolver en papel albal o bolsita de plástico al efecto.

3. Al finalizar la sesión laboral matutina -y en caso de no disponer de vehículo propio o chófer- dirigirse a la parada de autobús más próxima. Nunca dejarlo para el final de la jornada pues se hará de noche y no se podrá ver nada.

4. Tomar el autobús con destino a la playa (si la hubiere. En caso contrario desechar estas instrucciones).

5. Procurar acceder al lugar más apartado de tierra o, en su defecto, arreglarse como buenamente se pueda, tal vez un banco frente a la bahía.

6. Proceder al picoteo. Proceder a observar el mar. Proceder de forma consecutiva o bien proceder de forma alternativa.

7. No obsesionarse con mirar al mar pues, en realidad, los amantes de mirar el mar suelen ser amantes camuflados de mirar el cielo.

8. Acordarse un poco de ese amigo al que vemos tan poco y saber que ese amigo siente un gran afecto por nosotros.

9. Dar un breve paseo y/o tomar un café.

10. Coger de vuelta el autobús y reincorporarse al ominoso trabajo.

11. Dar gracias, brevemente, al Creador (si lo hubiere) por el mar. Y por el cielo.