
Edward Hooper
En el tren, camino de la ciudad, dos muchachas, de unos veinte años, se sientan a mi lado. Una lo hace en el asiento contíguo al mío; la otra enfrente, un poco a mi derecha. Los libros y carpetas que llevan me inducen a pensar que son estudiantes. Cualquiera de ellas, por edad, podría ser mi hija.
Apenas puedo mirar a la que tengo al lado. Está demasiado próxima. A la otra si puedo, pero debo hacerlo con discreción. Es una mujer muy atractiva.
Durante la primera parte del trayecto, enfrascado en un libro, trato de ignorarlas, pero su conversación infatigable me distrae de la lectura.
La chica que viaja a mi lado confiesa que está triste. Se ha quedado sola en su casa porque sus padres han acudido precipitadamente al pueblo de Castilla en el que vive su abuelo. El abuelo ha sido atropellado por un coche cuando se desplazaba en bicicleta. Se encuentra en estado muy grave en un hospital.
Por primera vez en su vida la muchacha se ha quedado sola. Le comenta a su amiga que apenas sabe cocinar y que, además, la situación le han originado una inhabitual voracidad. Nada le sacia.
Su amiga, la joven tan bella, trata de consolarla con una voz dulce y un tono amable. Procede a explicarle cómo preparar sin gran esfuerzo algunos menús muy sencillos. No contenta con ello se ofrece también a invitarle a comer en su casa. Casualmente sus propios padres también se ausentarán durante el fin de semana y ella cocinará para sí misma y para su hermano.
Al principio sigo la conversación de forma fragmentaria pero, poco a poco, me intereso en la charla. La beldad que tengo enfrente se ha quitado el abrigo y ha dejado al descubierto su espléndida figura, debidamente ensalzada por un suéter ajustado.
De vez en cuando, levanto la vista de mi libro y la miro de reojo. La muchacha, de fino cabello castaño, lleva una media melena lisa; el rostro es ovalado y las facciones armoniosas y delicadas. La expresión general de su rostro denota dulzura no exenta de picardía y agudeza.
La invitación a su amiga y su disponibilidad me inducen a pensar que su carácter también es sensible y delicado. La conversación me resulta tan fascinante como agradable. Por el tono general deduzco que no se trata de dos amigas íntimas sino de dos muchachas que se conocen, que han coincidido en la estación y que la charla iniciada les ha inducido a compartir asiento en el tren. Algunos detalles de la conversación se me escapan.
Es curiosa la intimidad que puede producirse entre dos mujeres que no son propiamente amigas. Creo que entre dos varones, en parecidas circunstancias, no se abordarían cuestiones tan afectivas y personales. Debe ser un gran alivio el poder explayarse de esta forma con alguien a quien apenas conoces.
Mediado el trayecto siento la imperiosa necesidad de averiguar cómo son los ojos de la muchacha. Para remediarla no tengo más remedio que mirarla fíjamente. Ella parece percatarse al instante de mi deseo. Entonces desvía la vista de su amiga, levanta ligeramente la cabeza y me mira.
En un segundo descubro, asombrado, que tiene unos ojos de color verde claro y que su mirada es de una luminosidad deslumbrante. Inmediatamente me viene a la cabeza el recuerdo de la película El rayo verde, de Eric Romher, que he visto décadas atrás. Y por una asociación de ideas pienso que la conversación que escucho podría ser el guión de alguna de las películas de este director francés.
Inesperadamente, al cruzarse nuestras miradas, la joven se echa a reir, enrojece ligeramente y se tapa el rostro con las manos. Es una delicia de coquetería. Yo sonrío a mi vez, ligeramente azorado.
Cumplido mi propósito devuelvo la vista al paisaje tras la ventanilla y las muchachas continúan con su conversación. Ya no hay más miradas directas. Poco después ella se pone su abrigo -de nuevo la hermosura de su cuerpo-, y ambas se apean del tren.
Hoy viajo a una hora inusual. Es seguro que no volveré a verla.
2 comentarios:
!Qué bonito! Se lo envío a un amigo.
si señor, muy hermoso, seisdedos es usted muy generoso compartiendo con nosotros esos ojos verdes.
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