domingo, 30 de septiembre de 2007

La sonrisa del futuro

La sonrisa del futuro ya está aquí. Los japoneses -esos genios de la tecnología- la ponen en el mercado en formato de cámara de fotos digital. Es previsible que arrasen con el invento. Se han acabado las caras tristes. A partir de ahora no hay excusas para la felicidad universal.


viernes, 28 de septiembre de 2007

Uno más



Salgo de mi casa
y soy uno más
que va errando
en la tarde de otoño.

BUSSON


Hendaya, 18.5.06


lunes, 24 de septiembre de 2007

Arquitecturas


En lo alto
Allariz (Orense)
20.8.07


Camino de la plaza
Monçao (Portugal)
19.8.07


Junto a la muralla
Hondarribia (Guipúzcoa)
1.9.07
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sábado, 22 de septiembre de 2007

Vandekerckhove, pintor


SIEMPRE ES UN PLACER descubrir, aunque sea virtualmente, a un pintor interesante. Este es el caso del belga Hans Vandekerckhove que comparte exposición en Madrid estos días con el escultor Juan Muñoz.
Enseguida reclama mi atención. Es un creador de imágenes potentes, sugerentes, inquietantes. Irradia fuerza y convicción.
Su trabajo revela una visión propia del mundo: la soledad cósmica del hombre, su desamparo radical, inconmovible, fatídico. Vandekerckhove plantea un interrogante en medio de una naturaleza tan bella como amenazante.


LA MUERTE del pianista Joe Zawinul me trae a la memoria al grupo Weather Report y su envolvente y seductora sofisticación. Qué ratos he pasado escuchándolos durante su época dorada. Ahora descubro que en you tube hay varios videos suyos. Y que el músico ha atraído la atención de algunos blogueros.
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miércoles, 19 de septiembre de 2007

Abortos a la carta


Estación de cercanías de San Sebastián. Al bajar del tren me he fijado en este anuncio y tres pasos adelante he pensado: ¿Cómo?... Y he vuelto sobre mis pasos para mirarlo (y fotografiarlo), mientras los viajeros se agolpaban en las canceladoras.

Vaya, he seguido pensado, qué avanzados estamos…

Luego me he acordado del enlace que tenía seleccionado. Trata sobre los diez millones de niños que mueren anualmente de hambre y enfermedad.

Finalmente he intentado zanjar el asunto con esta idea: no se debe confundir el mundo con la vida. Pero tampoco me ha servido de gran cosa, lo confieso.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Platero y yo


Mi padre era un lector empedernido y me contagió su vicio a través de su biblioteca. Cuando yo era un crío y empezaban a aburrirme los libros de Enyd Blyton, empecé a urgar en ella. Había tantos que no sabía cuál elegir. Entonces empecé a pedirle que me recomendara alguno. El, invariablemente, me decía: lee Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Y así lo hice. Al menos lo intenté. Pero leía media docena de capítulos y abandonaba.

Volvía a solicitarle consejo y me repetía: ¿ya has leído el Platero? Y yo confesaba que lo había intentado pero que me aburría. Entonces me recomendaba que insistiera.

A lo largo de mi juventud abrí el libro media docena de veces siempre con el mismo resultado. No me gustaba, me aburría. En realidad yo no sabía leer. Me interesaba más por la historia que por el texto.

A los cuarenta años el libro volvió a caer en mis manos. Y fue un deslumbramiento. Ahora está entre mis preferidos. De vez en cuando leo unas páginas, siempre con renovada admiración.

Lo que no entiendo es la insistencia en considerar esta obra como un libro para niños. Debe ser para sofocar en los críos cualquier atisbo de afición a la letra impresa.

Esto viene a cuento de haber sugerido aquí la lectura de Rebelión en la granja, de G. Orwell. Si alguno de mis hijos, en su momento, me pregunta sobre qué libro leer, la respuesta será: Rebelión en la granja. Y no por el texto, que también, sino por la fábula.

Pero tal vez yo también esté equivocado y Rebelión no es un libro para niños.
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Las plantas del Platero, una bonita página.
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El libro aquí
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martes, 4 de septiembre de 2007

La catedral policromada, José Manuel Ballester

Catedral de Burgos. Recién restaurada.
Exposición del fotógrafo y pintor José Manuel Ballester (interesante web) y del escultor Balkenhol. En el claustro.
Las figuras de Balkenhol se esfuerzan, melancólicas, por dejarse ver. Algunas son muy pequeñas. Esparcidas aquí y allá.
Las grandes fotos de Ballester son extraordinarias. Interpreta a la propia catedral. Añade color a la piedra, ilumina los grandes espacios.
Dice el catalogo que la policromía formaba parte de la catedral medieval, que el blanco y negro es una imposición de los siglos XIX y el XX.
Ballester ha tenido la inteligencia de rescatar esto y reinterpretarlo. El resultado es brillante.



Pero el claustro gótico, de doble altura, acapara toda la atención. La piedra tiene un color crema irreal. Hay pequeñas y deliciosas esculturas gastadas por los siglos. El espacio se enmarca con delicadas vidrieras coloreadas y elegantes arcos de fino trazado.
En el patio hay un pozo, una cruz de hierro sobre un pedestal escalonado y turistas haciéndose fotos. La perspectiva se cierra con el muy recargado y espectacular cimborrio.
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Fotos:
-Capilla del Condestable, de J.M. Ballester.
-Escultura de Balkenhol en el claustro.
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lunes, 3 de septiembre de 2007

Miller y el síndrome de Down

El carácter de una persona lo determinan los problemas que no puede eludir y el remordimiento que le provocan los que ha eludido (A.M.).

La cuestión no es la moralidad de A. Miller al excluir de su vida a un hijo con síndrome de Down. Ni siquiera que lo hiciera a los cuatro días de nacer éste, con la oposición de la madre y esposa (la fotógrafa Inge Morath). Ni siquiera el hecho (literario) de no citarlo en Vueltas al tiempo, su libro de memorias.
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La cuestión es otra. La cuestión es la predicación: política, artística, cultural perpetrada durante su carrera por Miller.
Cabe preguntarse: ¿puede un autor, un intelectual, dejar al margen de su obra un tema como éste?
He leído el término eugenesia. Tanto dá.
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La noticia no parece haber interesado en exceso a la opinión pública.
Curioso el tratamiento si lo comparamos con el previo affaire G. Grass, un escritor con un perfil parecido al de Miller: izquierdista, contestatario, rebelde, millonario.
La Opinión parece establecer diferencias morales entre haber sido nazi en la primera juventud (el alemán) y abandonar a un hijo deficiente mental en un centro especializado (el norteamericano).
El País le dedica la contraportada y dos titulares maquilladores:
“El gran secreto de Miller”
“El dramaturgo estadounidense ocultó que tenía un hijo con síndrome de Down”.
El primero no dice nada, es una pompa de jabón.
El segundo es una verdad a medias: no sólo ocultó; antes lo excluyó de su vida, lo repudió, lo negó.
Afortunadamente, el texto se salva.
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Miller era bueno haciendo frases.
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