
Un insecto se posa en la página del libro que leo. Es más pequeño que una letra, no sobrepasa el tamaño de una coma. Distrído de mi lectura, lo observo. Es un ser tan inquieto como minúsculo, dotado de dos antenas largas, una masa corporal con un par de alas replegadas y unas patitas casi imperceptibles. Permanezco inmóvil, el bichito se agita, se mueve de aquí para allá como descentrado, terriblemente agitado.
Me dá un poco de vértigo el verlo, tan pequeño. Qué pensará de mí, tan grande, si pudiera pensar. Esta idea me sume en una cadena de relativismos. Nuestra visión depende de nuestro tamaño. Y si algo es demasiado grande no lo podemos ver, porque no lo podemos abarcar en su totalidad. Algo de esto debe pasarle al bichito.
Me pregunto también si será joven o viejo. Otra pregunta relativa, pues ignoro cuanto tiempo puede vivir un ser tan minúsculo. Imagino lo extraño que tiene que ser el mundo a los ojos de un ser tan pequeño, me admira su esfuerzo, su voluntad de vivir, su pelea por subsistir.
El bichito abandona el libro y correta sobre el dorso de mi mano. Yo no lo siento: el insecto es demasiado liviano. A continuación, en su inquietud, el minúsculo ser ha caído en la manta de lana ligera que cubre mi regazo. Es un terreno surcado de pelillos, árduo y fatigoso. Nada que ver con la tersura deslizante del papel o la propia piel. Se ve que el bichito lo está pasando mal.
A partir de ese momento me desentiendo de la suerte del animal y vuelvo a sumergirme en mi lectura. Cuando concluyo verifico que ha desaparecido. Me pregunto qué habrá sido de él. ¿Habrá conseguido zafarse de la manta? ¿Dónde se habrá metido?
3 comentarios:
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Se ha venido conmigo
Esto de internet es mágico.
Ciertamente es mágico;-)
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