miércoles, 30 de abril de 2008

De la fortaleza califal de Gormaz a Berlanga




Instalado en lo alto de un cerro, junto al río Duero, la fortaleza califal de Gormaz llama la atención desde muchos kilómetros a la redonda. Cuando uno se aproxima y ve allá arriba el despliegue de su kilómetro largo de murallas es difícil resistir la tentación de detenerse para fotografiarlo. Una carretera estrecha y serpenteante te deja a los pies de su entrada principal. Desde lo alto se contempla una espléndida panorámica del llano soriano, cercado al fondo norte por la sierra nevada, salpicada de pueblecitos de piedra rojiza, campos verdes de cereal y alineamientos de viejas cepas. Grandes aves planean bajo un cielo azul. El viento sopla sin tregua.



La fortaleza fue construida a finales del siglo X por el califa Al-Haquem II como avanzada de la sede de Medinaceli, que era frontera entre los reinos cristiano y árabes. Desde ella se lanzaban razias contra las tierras al norte del Duero. Poco tiempo después de su construcción cayó en manos cristianas para ser recuperada, en 983 por Almanzor. Fernando I la toma definitivamente en 1060 y en 1087 pasa a manos del Cid. En tiempos de los Reyes Católicos fue utilizada como cárcel.


A mano derecha pueden verse las dos grandes torres. En primer término, la del homenaje, que da paso a la parte residencial y noble de la fortaleza. Un poco más allá, la de Almanzor. El resto de la superficie, rodeada de 28 torres, estaba destinado al ejército. No es difícil imaginar la dureza de la vida que llevaban aquí los soldados.


Su famosa puerta califal, de estilo cordobés y arco de herradura, es uno de sus elementos de prestigio. Esta mañana hay un grupo de escolares que visitan la fortaleza. Una guía disfrazada de algo –no sé si de mora o de cristiana- les explica las características del lugar. Una pareja de extranjeros acaban de subir con sus bicicletas. Desde arriba se ven las techumbres del pueblecito de Gormaz. El pueblo dispone de un pequeño cementerio cercado por un muro de adobe que tiene la misma forma que la fortaleza.

Al mediodía, bajo un cielo sin nubes y una gran luminosidad, los turistas se desplazan hasta Berlanga de Duero, otra población con su castillo en lo alto.


Berlanga alcanza su esplendor en el Renacimiento, cuando la villa pasa a manos de los Fernández de Velasco, condestables de Castilla y duques de Frías. Los aristócratas restauran el castillo, levantan la colegiata (con los restos de media docena de iglesias románicas que había por los alrededores) y erigen un palacio del que ya sólo queda la fachada principal, con su escudo plateresco y una arcada en lo alto a través de la que se ve el azul del cielo. Entre el castillo y el palacio había unos jardines que debieron ser una delicia reservada, naturalmente, a la nobleza.


En la colegiata de Nuestra Señora del Mercado, de transición entre el gótico y el renacimiento, está enterrado fray Tomás de Berlanga, naturalista descubridor de las islas Galápagos y obispo de Panamá en el XVI. A su vuelta se trajo una piel de caimán que anda colgada por algún interior del recinto. Pero los turistas, en esta excursión, han visto pocos interiores. La mayoría de ellos, como de costumbre, tienen unos horarios muy estrictos y, además, el sol radiante no invita a introducirse en penumbras gélidas.

Durante el paseo, en la farmacia de la preciosa plaza mayor porticada, los turistas adquieren una crema protectora para el sol porque entre la altura y la ausencia de nubes, las pieles blancas corren el riesgo de achicharrarse.



Aprovechando un parquecito con juegos infantiles (imprescindible para los menores) los turistas se acomodan en una sombra de la plaza del Mercado para dar cuenta de unos bocadillos. A esta primera hora de la tarde apenas se escucha otra cosa que las piadas de las aves y el sonido del viento que circula. De vez en cuando irrumpe un jovencito con una moto atronadora, hace una pirueta y desaparece para regresar diez minutos más tarde. El turista no se explica que nadie le haya rebanado el pescuezo a esta criatura y piensa que, en la época de Almanzor el niño hubiera sido enviado a tocar el tambor en primera línea de combate, en compañía de sus padres.

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martes, 29 de abril de 2008

La Edad Media en Catalañazor


Ajeno a su ignorancia, rueda tranquilo con su utilitario por estas bellísimas tierras altas sorianas, suavemente onduladas, salpicadas de piedras redondeadas y de encinas, bajo un cielo de intenso intenso.

A mano izquierda deja la capital, que ya conoce de una excursión anterior, y prosigue en dirección a su destino: Quintanas de Gormaz. Pero antes hace una parada en Calatañazor. Se decide a subir en su vehículo hasta lo más alto, al pie del castillo y esta ascensión, por la calle principal, le deja admirado por no decir embobado.

Es una calle de casas de barro y piedras rojizas (como la tierra toda de Soria), porticada en algunos tramos, con una iglesia en un lateral y unas extrañas chimeneas cónicas que aquí denominan pinazanas. Desemboca en un espacio abierto, que cierra las ruinas del castillo y preside un rollo o picota, inquietante, como todos estos monumentos medievales. Por un momento, se cree en la Edad Media. Junto al rollo hay una piedra enorme que alberga un gran fosil vegetal.



Muchos pueblos y villas de la región tienen un castillo en lo alto. Hace falta rodear las localidades para percatarse de la magnitud de estos edificios –la mayoría en completa ruina- y de las murallas que los circundan. En Calatañazor, como en otros pueblos, el castillo se levanta sobre otro castillo natural formado por grandes rocas y aprovechando el aislamiento natural que proporciona la hoz de algún río. Esqueletos de torres, lienzos de murallas, fragmentos almenados envuelven superficies hoy desérticas, donde crece la yerba y aparecen restos de pozos, aljibes y edificaciones variadas. En casi todos hay pequeños paneles informativos muy útiles para que la imaginación, alimentada por el soplar del viento, haga su trabajo.


Además de los castillos, estos altozanos proporcionan una visión de ensueño del paisaje soriano. Abiertos a los cuatro vientos pueden verse las tierras llanas que se pierden hacia lejanas serranías, coloreadas de verde por campos de cereal o salpicadas de cepas oscuras y alineadas; vegas de ríos; trazados de caminos centenarios; grandes manchas oscuras de encinares, pinares y sabinares, suaves lomas sobre la arenisca rojiza de esta región de belleza misteriosa y sugerente.

El caudillo árabe Almanzor, terror de la península hacia el final del primer milenio, tiene aquí una estatua. La historiografía duda de que fuera en estos campos donde perdió su última batalla (había ganado casi todas las anteriores), pero un juglar dijo aquello de “En Catalañazor, Almanzor perdió su atambor” y muchas veces la literatura se impone a la historia. En cualquier caso el guerrero murió en Medinacelli, unos cuantos kilómetros al sureste.


Junto a Calatañazor se encuentra un sabinar que cuenta con un centro de interpretación instalado sobre una antigua casa palaciega. Un guarda, que es todo amabilidad, y un paisano de tez oscura charlan en la solana. Un poco más allá hay un paraje de gran belleza denominado La Fuentona, una poza kárstica aún no explorada en su totalidad a la que se accede por un sendero flanqueado por chopos y sabinas. Lo atraviesa el Abión, un río limpio e impetuoso, surcado por varios puentes de madera con un aire de grabado japonés. Al atardecer el lugar se encuentra concurrido por turistas y paseantes. En los altos roquedos planean los buitres y otras aves de gran porte. Como en tantos otros parajes naturales hay senderos balizados que invitan a largos paseos campestres.

Al caer la tarde se acoge a la hospitalidad de Mari Luz, en su casa rural Patiño, de Quintanas de Gormaz. Con la última luz observa la silueta de la fortaleza califal que domina imponente toda la región.


lunes, 28 de abril de 2008

Visita fallida a Agreda

Tiene hambre de sol y cielo azul, pero, en el alto de Azpiroz todavía las nubes bajas ocultan parcialmente el paisaje. Una vez dejada atrás esta autovía de montaña, camino de Pamplona, puede, al fin, ver el sol entre grandes nubes blancas que se mueven lentas y pesadas por el cielo.




Descendiendo hacia el sur de Navarra el sol se impone y el calor aprieta. Ve el cartel que anuncia el monasterio cisterciense de La Oliva y bien a gusto se desviaría para visitarlo, pero tiene las horas contadas y no le queda otra que elegir. El resto es literatura. Tampoco quiere percatarse de que tiene el desierto de las Bardenas a tiro de piedra. Qué placer sería perderse dos o tres días por este paraje. A la altura de Castejón hay que torcer hacia el este para entrar en la provincia de Soria.

Se aproxima la hora de comer, pero la carretera, que asciende, no concede una tregua. Kilómetros adelante sólo tiene una idea en la cabeza: comer algo a la sombra de un árbol. Pero no divisa árbol alguno. Opta por meterse en Ágreda. A mano derecha divisa dos hermosos ejemplares añosos y se lanza hacia ellos. Enseguida descubre que se encuentra junto a una estación ferroviaria abandonada y se dedica a tirar fotos porque el espacio le resulta muy sugerente.



Entre bocados y sorbos medidos de tinto de la tierra, contempla una pareja de cigüeñas que sobrevuelan y alguna que otra rapaz. Desde una gran parcela cercada le observan tres perros silenciosos pero vigilantes. Pasan algunos vehículos por la carretera que conduce al polígono industrial pero no se divisa a nadie. Se escuchan trinos de pájaros sobre la vegetación próxima. Hay una tranquilidad adorable y, en el camino de acceso, un hermoso charco que informa sobre lluvias recientes y copiosas. En la lejanía la alta loma del Moncayo aparece cubierta por la nieve.

Tras los sandwiches se impone un café. En la cafetería de un moderno hotel donde lo toma se anuncia una feria del bacalao. Concluido el trámite se mete en el coche y sigue carretera adelante. No se ha percatado que acaba de dejar atrás, sin visitarlo, uno de los pueblos más bellos e interesantes de la provincia de Soria que es casi tanto como decir de España.

En efecto, la llamada ciudad de las tres culturas, tiene mucho que ver. Así por ejemplo, la aljama o barrio moro, el palacio de los Castejones -con sus jardines renacentistas-, la iglesia de San Miguel o el museo de arte sacro de la iglesia de Ntra. Sra. de la Peña. Incluso hay un museo dedicado a la agredana más ilustre de la ciudad, sor María Jesús de Ágreda, cuya fama de mística atrajo la atención de Felipe IV. Ambos mantuvieron una larga correspondencia y el monarca se acercó hasta su convento en varias ocasiones para visitarla.



Dice Dionisio Ridruejo, en su ya clásica guía de Castilla la Vieja, que por aquí pasó el Casanova veneciano y dieciochesco y que se le pusieron “los pelos de punta”. El señor Ridruejo, de prosa tan seductora, califica a la villa como “severa, ancestral, algo ruinosa, gris, un poco laberíntica, agraria y muy aislada” “Pero no es triste -añade-, porque la tristeza es cosa subjetiva de las personas” y los agredanos no lo son.

Don Dionisio nos informa también de un detalle importante relativo a Soria. El rey aragonés Alfonso VII, conquistador de la región, aplicó una política destinada a contrarrestar el excesivo mudejarismo “y trajo gente de la sierra”. Lástima, porque lo mejor que ha visto en su excursión por estas tierras altas lleva la huella islámica.

martes, 22 de abril de 2008

No volverán las oscuras golondrinas


Una mañana descubrí un nido de golondrinas bajo el alero del tejado, dos metros por encima de nuestro balcón. Una señal de buena suerte, pensé ingénuamente. Buena falta nos hacía, en especial con la casa, contínuamente amenazada nuestra tranquilidad por los ruidos de los desquiciados y malintencionados vecinos.

No tardé en constatar que la presencia de las golondrinas no resultaba demasiado favorable para la limpieza de nuestro pequeño jardín. Se había formado una costra de excrementos en el suelo embaldosado. Cada tres o cuatro días arrancaba dificultosamente la costra con una espátula. Era como despegar pegamento industrial.

Al mediodía la pareja de golondrinas ejecutaba una danza frenética en torno al nido. Entraban y salían, con el fin de alimentar a los polluelos gritones. Volaban tan rápido que apenas podía seguirles con la mirada. También alborotaban lo suyo al anochecer. Pese a todo, me gustaba tenerlas en casa.

Pero, mediado el verano, se produjo un temporal que trajo lluvia, frío y viento. Por la mañana ví que la mitad del nido había desaparecido. Los escombros estaban en el jardín, encima de los excrementos. Desde el balcón vi a Teo, el gato de los vecinos, que jugaba tumbado en nuestro césped con un pequeño objeto negro y redondeado. Imaginé lo peor y bajé corriendo con un nudo en la garganta. En efecto, el juguete de Teo era una hermosa cría de golondrina. Espanté al gato, como si hubiera cometido un crimen horrendo, y me hice las consabidas reflexiones sobre lo cruel que es la naturaleza, mientras intentaba vencer mi natural repugnancia a coger pájaros con las manos. Sus finas patas, su pálpito asustado me repelen. Era un ejemplar muy bien formado con un bonito destello azul sobre el plumaje negro. Estaba conmocionado pero vivía. Qué hago ahora yo con éste bicho, pensé mientras subía las escaleras con el polluelo en la mano.

Cogí una pequeña caja de cartón, la acolché con un trapo de cocina viejo y lo metí dentro. Dejé la caja en el suelo del balcón, a la vista de los inexpertos progenitores (había decidido que se trataba de una pareja joven y primeriza), con la esperanza de que ellos se ocuparan de alimentarlo en tanto reconstruían el nido. Qué ingenuidad la mía. Después del almuerzo acudí a visitar a mi huésped. Movía la cabeza hacia los lados así que abrí la tapa de la caja y el pollo salió, se alzó hasta la barandilla y luego voló hasta las moreras. Fue un alivio. Bueno, pensé, no ha durado mucho la supuesta racha de buena suerte que traen las golondrinas pero, al menos, esta criatura ha salvado el pellejo.

Por la tarde bajé de nuevo al jardín y barrí los escombros del nido así como los últimos excrementos; luego pasé la fregona por el embaldosado. Cuando acabé la faena me senté a descansar en una de las traviesas de madera. Entonces los vi. Había otros dos bultos negros en el césped. No es posible, me dije. ¡Hay más!

En efecto, otros dos pollos negros yacían acurrucados en el verde. También estaban muy formados pero eran más pequeños que el anterior. Para entonces ya no me importaba coger los polluelos con las manos. Eso fue lo mejor de aquel incidente, que perdí la repulsión que sentía hacia las aves. A estos dos los metí en uno de los cubos playeros de nuestra hija, con su correspondiente trapo de cocina, y los subí al balcón. Fracasé en mi intento de alimentarlos. No había forma de que abrieran la boca.

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Después de cenar fui a hacerles una visita. Uno ya estaba rígido. El otro todavía se movía. Cogí el cadáver y lo introduje en la bolsa de la basura. Me sentí muy deprimido, como si yo tuviera la culpa de que el nido se hubiese caído.

Como los padres no daban señales de vida y no conseguía alimentarlo, por la mañana decidí dejar libre al tercero, pero no logró remontar el vuelo y se cayó al jardín. Bajé a recogerlo. Lo subí de nuevo al balcón. Al mediodía estaba muerto.

Durante el resto del día no conseguía quitármelos de la cabeza. De los tres pollos, con mucha suerte, se había salvado uno. No cabía esperar mucha suerte de la visita de las golondrinas. Esperaba que la próxima primavera no se les ocurriera volver. De los vecinos mejor no hablar. Unos meses después nos decidimos a vender la casa y los perdimos de vista. Fue un alivio.

viernes, 18 de abril de 2008

Kris Lewis, romántico y estilizado



Este joven pintor norteamericano, con una obra de reminiscencias clásicas y renacentistas. Qué sugerentes los pequeños detalles. A ratos me recuerda a Otto Dix. Tiene predilección por los retratos femeninos. Toda una idealización romántica y estilizada. Lo encuentro en Recogedor. En su página web hay una amplia galería.

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Conocía media docena de idiomas, tal vez más. Estudió islandés y sajón para poder leer en estas lenguas, pero pasó los últimos treinta años de su vida sin poder leer, ni escribir. “¡Yo no sé –dice Borges en esta entrevista- cómo no aprendí el sistema braille! Eso habría cambiado toda mi vida. Pero ahora es demasiado tarde, ni siquiera tengo la sensibilidad suficiente en los dedos. ¡Si, hubiera cambiado toda mi vida...!”

¿Por qué no lo hizo? Desde luego no debió ser porque careciera de facilidad para el aprendizaje. Tal vez por sometimiento al propio destino, lo que no sería extraño en él. Tal vez, paradójicamente, por su amor hacia la letra impresa. La lectura no es sólo interpretación de signos. También es placer visual sobre la composición, la tipografía, la maquetación. Tal vez le dio pereza, o le pareció demasiado pobre sustituir lo visual por lo táctil. Y se quedó en un estadio intermedio, lo auditivo de la lectura en voz alta. Tal vez alguien le leía tan a su gusto que ya no quiso cambiar.

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El País parece estos días L´Observatore Romano. Cada vez que abro su edición digital encuentro un amplio despliegue del viaje de Benedicto XVI a los Estados Unidos, fotos incluídas y en lugar bien destacado. Hoy se ocupan sobre los abusos sexuales perpetrados por algunos sacerdotes de aquel país. Desde luego, para tratarse de la voz del laicismo en España es un poco raro. Es curioso que el romano pontífice suscite tanto interés entre gente tan poco entusiasta del catolicismo.

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Variaciones sobre el mismo tema: Incesto de limón

Gainsbourg y su hija Charlotte, por un lado. Y Vive la fête, en versión un poco larga, por otro.


miércoles, 16 de abril de 2008

Carroñeros


Te echas una cabezadita al sol, después de una noche sin dormir, al lado de un tipo sin afeitar que se come un bocadillo, y te ponen a parir. Ni siquiera vale que lleves una elegante americana verde pistacho. Así con la actriz Terelu Pávez, una de las mejores del elenco nacional.

Cuanto más grande, mayor escándalo. Hasta de su padre se han acordado, como si los hijos fueran responsables de lo que hagan o dejen de hacer sus padres.

Qué nivel, Maribel. Y luego esta carroña televisiva y dicen que periodística se pone una medalla tras otra.

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Deslumbrados por el nuevo staff ministerial -y su alegre y colorida imagen-, a muchos se nos había pasado por alto. Aún todavía los ministros prometen sus cargos delante del Crucificado. El País. com nos lo recuerda desde su portada. Pero tampoco se sabe de ninguno que haya dicho: “Perdonen, ¿les importa quitar esa cruz mientras prometo el cargo?” ¿Somos o no somos?

Sin embargo, a las 10 de la mañana, en el citado digital, aún todavía no hay la menor alusión al trasvase que no es trasvase del Ebro. No es que tenga demasiada importancia –visto el panorama- pero debe ser complicado explicar eso del trasvase que no es trasvase en un titular.

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Visto en televisión. Un simpático hombrecillo, en el trance de jurar o prometer su nuevo alto cargo, se interrumpe en mitad de su parlamento. La concurrencia le observa estupefacta y él rompe el protocolo para anunciar sonriente que se ha equivocado al leer su nuevo destino: estaba prometiendo el cargo que acaba de abandonar. La engalanada concurrencia rompe en aplausos. El hombrecillo saca un segundo papel y lee, correctamente, su nuevo destino. Todos ríen.

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La poca decencia que hay en televisión brilla con luz propia. Así Callejeros. Los viernes por la noche en La Cuatro. Un impresionante reportaje sobre transexuales. La clave: dar la palabra a la gente. La gente tiene mucho que contar. Debería ser la esencia de la televisión, y del periodismo, pero no lo es. Hoy el periodismo está para servir de altavoz al poder y sus voceros.

lunes, 14 de abril de 2008

El arco iris


Es una mañana con una lluvia lúgubre y copiosa. Voy en el coche, a la vuelta de llevar a los niños al colegio, cuando aparece sobre la ladera del Jaizkibel un gran arco iris. El arco iris siempre me asombra, como si fuera la primera vez que lo veo. He imaginado por un momento la sorpresa de un neandhertal ante semejante visión inexplicable. El asombro que produce, tras horas de luz tenebrosa, encontrar esa luminosidad coloreada colgada del cielo.

Para un hombre del neolítico, pongamos, el ver un arco iris debía intrigarle, y tal vez preocuparle, durante días o semanas. Ahora casi ni nos fijamos.

Enseguida he pensado: es un espectro de luz porque los rayos del sol atraviesan pequeñas partículas de humedad, etcétera. Una explicación científica que ha acabado con cualquier especulación fantasiosa y admirativa.

Qué pena no llevar la cámara, me digo. Pero no se me ha ocurrido hacer algo aún mejor: detener el coche y acercarme hasta uno de los bancos que se asoman a la bahía para contemplar la maravilla. Supongo que cuando uno conduce un automovil es dificil dejarse llevar por fuerzas telúricas y contemplativas.

También he recordado, ya un poco fastidiado por perder esta visión, mi reciente lectura del Génesis, inducido por Cioran, de quien leo unas entrevistas estos días: “pongo mi arco en las nubes, para señal de mi pacto con la tierra, y cuando cubriere yo de nubes la tierra, aparecerá el arco”. (Gén. 9, 13-17) Para Noé fue un alivio.

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En Cine y política, uno de los blogs que visito con frecuencia, encuentro esta pequeña maravilla poética inspirada en la lluvia. Fue rodada en 1929 por Jorins Ivens.

viernes, 11 de abril de 2008

Las nubes






Estos días en que un ejército desordenado de nubes pasa majestuoso sobre nuestras cabezas qué gran encanto tienen. Grandes masas algodonosas, que se alternan con pequeños claros azules, caminan a buen paso hacia grandes espacios abiertos.

Esas nubes blancas, inocentes, que se deslizan a gran altura para aliviarnos de los rigores del sol, qué distintas son de esas otras oscuras, tan abundantes en esta tierra, que se ciernen sobre las montañas, velan la luz y apagan los ánimos más resueltos.

El sol sale y se esconde con un ritmo estimulante, la luz lo invade todo y parece anunciarse la llegada del verano.

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Ya hace un año que leí esta novela deliciosa. Ahora me encuentro con una entrevista a su autor que me la recuerda.

jueves, 10 de abril de 2008

Periodistas, los nuevos funcionarios


La imagen y la palabra se contraponen. La costumbre de compaginarlas proviene del periodismo. Pero cada día estoy más convencido de que no deberían mezclarse. Una buena imagen no requiere apoyos textuales. De la misma forma que las palabras deberían ser autosuficientes y no precisar de ninguna imagen. Pero esto no ocurre siempre y es muy dificil delimitir los casos.

Al final, todo cansa. Dos de las cosas más abrumadoras del mundo son las bibliotecas y los museos: las palabras y las imágenes. Uno pasa dos o tres horas en cualquiera de estos lugares y termina con la mente abotargada. Una vez más se confirma: todo requiere su medida.

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Andan quejosos estos días en la Cope porque Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid, no les ha invitado a participar en su comitiva durante un viaje a China. En nuestro país –y puede que en otros muchos- los periodistas viajan con cargo al erario público. Es la costumbre. Una costumbre que dice mucho sobre la independencia de la prensa y sobre el uso de las recaudaciones impositivas. ¿Nuevos funcionarios? No tan nuevos. Esto viene de lejos.
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Me he tropezado en televisión con Secretos de un matrimonio, de Igmar Bergman, ya comenzada, y me he quedado atrapado sin poder despegarme de la pantalla. En esta excelente reseña veo que hay otros dos personajes, que salen al principio, pero yo sólo he visto a la pareja protagonista. Ambos hacen un trabajo admirable, pero la interpretación de Liv Ullmann es arrebatadora. Casi todo el peso de la obra recae sobre ella. Su belleza va de dentro a fuera, parece irradiar desde lo más profundo de su ser.
Pero el que verdaderamente asombra es Ingmar Bergman, guionista y director de esta pieza maestra. Cómo desnuda para el espectador las complejidades, las emociones, las motivaciones que hay detrás de la relación amorosa entre un hombre y una mujer es algo que te deja perplejo. Cuando ya crees que has logrado penetrar en las motivaciones de estos dos seres humanos todavía se permite Bergman otra vuelta de tuerca en el análisis, todavía descorre otro velo de sus almas y uno tiene la sensación de que podría seguir haciéndolo indefinidamente hasta llegar, quizá, a la sencillez más desnuda, hasta la esencia de la humanidad, hasta la misma mente del Creador.

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Sánchez Dragó tiene un sentido de lo castizo demasiado agudo. Siempre le gusta echar unos cuantos borrones en su prosa, en especial borrones sexuales. Al parecer, venden bien. En cualquier caso, le salva su coraje y su sentido del humor.

En su recién estrenada página web del diario El Mundo me entero de la muerte de Antonio Cabezas, un niponólogo. Los aficionados a la poesía japonesa le debemos muchas traducciones y trabajos divulgativos.

En mi biblioteca encuentro los Cantares de Ise (Ise Monogatari), un clásico de la literatura japonesa que se difundió hacia mediados del siglo X y Haikus inmortales. Ambos en la editorial Hiperión.

Se yergue el roble
sin importarle nada
de los cerezos.
(Basho)

Flora el ciruelo
y canta el ruiseñor,
pero estoy solo.
(Issa)

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En la revista Adamar descubro a un poeta: Billy Collins, norteamericano de 1941. Cinco poemas. Suficientes para hacerse una idea. Humor y claridad, dos cualidades tan importantes como escasas.

Me gusta recibir esta publicación electrónica. Me encanta su diseño y siempre encuentro algo en su interior que me interesa.

lunes, 7 de abril de 2008

Txingudi, final del invierno








Mediodía nublado. Bajamar en el parque ecológico Marismas de Txingudi. Todo parece tranquilo y silencioso. Apenas media docena de paseantes. En la laguna dulce sólo los patos corretean de un lado a otro. Bonitos senderos solitarios. Primeros brotes de los sauces cabrunos. Lagunas saladas, charcas, regatas. Un mundo acuático a merced de las mareas. Unos metros más allá, la turbamulta del tráfico rodado y el estruendo de los aviones. Hasta las vías del tren pasan cerca, para que no falte nada. Todo este jaleo en los alrededores. Escuchar los propios pasos, las piadas y los cantos de las aves, la brisa deslizándose entre el ramaje, ahora casi desnudo. Venir aquí, sentarse en una esquina, no hacer nada, nada, nada. Como el hombrecillo que reposa sobre un peldaño de la escalera de madera del puesto de observación. Ver flotar los insectos en el aire, las hojas secas rodando, la yerba meciéndose, las aves que picotean en las orillas.

jueves, 3 de abril de 2008

El vendedor de estilo


Los domingos, hacia las 3 de la madrugada, proyectan en la 2 un ciclo del director honkonés Wong Kar Wai. Por las escasas referencias que veo en la prensa deduzco que está pasando desapercibido. Como siento devoción por In the Mood for love tenía muchas ganas de ver el resto de su obra.

Como es natural estoy un poco decepcionado. Es lo normal cuando se conoce a un artista a través de su mejor trabajo. El resto de su producción sabe a poco.

Happy Together, la primera película que he visto, me ha interesado mucho. Está basada en un relato de Manuel Puig y trata sobre una pareja gay de Hong Kong que recala en Buenos Aires. La pareja mantiene una relación apasionada pero tormentosa. Más de la mitad de la obra está en blanco y negro.

La segunda, Angeles caídos, es una película bastante desquiciada. Hay muchos gritos y estridencia. Eso siempre me resulta algo cargante, pero como ejercicio de estilo es fascinante. Sólo que, a veces, los ejercicios de estilo debería durar veinte minutos.

El cine de Wong Kar Wai, como el de su maestro Antonioni, es puro estilo. En cualquier momento que cojamos una de sus películas sabemos que se trata de él: los tonos rojizos, los encuadres extravagantes, los interiores claustrofóbicos, los exteriores nocturnos, el interés por la comida, los cigarrillos, la música en primer plano. Y ese actor subyugante que es Tony Leung.

Decía Sinatra que él vendía estilo. Otro tanto podría decirse de Wong Kar Wai.

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Los suplementos culturales de los periódicos deberían ocuparse más de los cotilleos literarios. Los lees y parece que el mundillo de la cultura española es una balsa de aceite. Al parecer, nada más lejos de la realidad. En este artículo de José Luis García Martín se recoge el escaso aprecio que se tenían dos poetas: el recientemente fallecido Angel González y el muy laureado Antonio Gamoneda.

En un país tan cotilla como este por qué se nos hurtan estos detalles que son vox populi en las tertulias y mentideros literarios. ¿Acaso no estamos hablando de personajes públicos que un día sí y otro también opinan sobre lo divino, lo humano y, por descontado, lo político?

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Estas palabras de Cary Grant a su hija en el lecho de muerte: «Amadísima Jennifer, vive tu vida plenamente, sin egoísmo. Sé comedida, respeta el esfuerzo ajeno. Esfuérzate por lograr lo mejor y el buen gusto. Mantén el juicio puro y la conducta limpia. Da gracias por los rostros de las personas buenas y por el dulce amor que hay detrás de sus ojos... Por las flores que se mecen al viento... Un breve sueño y despertaré a la eternidad. Si no despierto como nosotros lo entendemos, entonces seguiré viviendo en ti, amadísima hija.»

En este artículo de Ignacio Ruiz Quintano, además de esta cita, encuentro esta otra: “Tan sólo el hombre inteligente y el estólido saben ser sedentarios. La mediocridad es inquieta y viaja.” ¿Será por eso que hoy se viaja tanto?