jueves, 30 de abril de 2009

Salou, horror turístico

Fotos desaparecidas. Disculpen la molestia.Punta costera en Tarragona

El mar es azul, como el cielo. De vuelta en casa me pregunto cómo se puede vivir bajo esta grisura perlada. No siento nostalgia. Siento ira. Como si me estuvieran robando.

El milagro de la mañana. A las nueve, el aire es tibio y fragante, trae aromas que había olvidado. Demasiados años sin venir al Mediterráneo.

La costa hacia Cambrills

Salou es un horror. Intento acceder al cabo, pero sólo consigo deprimirme: apenas hay un centímetro sin urbanizar, los coches se amontonan en los bordes de la carretera. No consigo ver el faro, cercado por un muro elevado. Camino del centro, kilómetros de chiringuitos cutres, puestos de comida basura, todos ellos clonados, repetidos una y otra vez. Gente y más gente que deambula medio desnuda, exhibiendo cuerpos maltratados por la opulencia. Jóvenes negros, altos y esbeltos, que deambulan de aquí para allá, como si estuviesen muy ocupados, ponen una inquietante nota de belleza. Los ojos, la mirada líquida de un negro azabache que vende cinturones.

En realidad aquí no se viene a ver cosas. Aquí se viene a tomar el sol. El resto, si lo hubiere, se os dará por añadidura.

Libros en Salou

San Jorge, fiesta en Cataluña. Mesas llenas de libros, envueltas en banderas catalanas. Rosas a tres euros que venden los estudiantes para sus viajes y los inmigrantes más tirados para comprarse un bocadillo o un tetabric de vino. Son los mismos libros que pueden encontrarse en cualquier papelería, en cualquier apeadero ferroviario. En una esquina encuentro Cinco historias del mar, de Josep Pla. Me apresuro a adquirirlo.

La crisis en Salou

En mitad de la localidad, en el punto más céntrico, un paso ferroviario que se abre y se cierra cuando pasa algún tren. Increible. Apenas nada que ver en Salou, salvo unas villas modernistas, debidamente cercadas e inaccesibles, en la línea de playa. Hay que irse de aquí lo antes posible.

Ave del Paraiso

La cosa cambia sustancialmente bajando hacia Cambrills. Improvisamos un picnic bajo unas palmeras junto a la playa. Sobre nuestras cabezas hay un montón de loros ruidosos que parecen haber copado un par de árboles. Nos apartamos hacia un lado. Apenas hay gente en la playa. Los chiringuitos han dejado paso a urbanizaciones de hoteles y apartamentos. El pueblo tiene más personalidad e intimidad. Un rato en el parque, a la sombra, junto a una plantación de aves del Paraiso, emblemática aquí.



Paseo marítimo de Cambrills

A las 3 de la tarde, en plena calima, pasan, de uno en uno, tres corredores solitarios. Los tres son altos, fibrosos, impasibles: un arquetipo. En contraste: turistas que han dejado el pudor en sus lugares de origen: desnudeces, pechugas bamboleantes, grasas, lorzas, pieles peludas, calcetines, barrigas contenidas por un heroico botón de camisa.


Paseantes en Salou

lunes, 20 de abril de 2009

¿Lloverá?

Fotos desaparecidas. Disculpen la molestia.
Los domingos y festivos, huyendo de las aglomeraciones de Hendaya y por cambiar de escenario, suelo dar un paseo por Irún. Al fin y al cabo soy irunés.




Este de hoy es uno de mis recorridos. Discurre por el camino peatonalizado junto a la orilla del río y frente a las islas de la desembocadura del Bidasoa. Una amplia zona de huertas da paso a elevadas edificaciones.


Al fondo se divisa el monte San Marcial, emblemático para los iruneses, además de las Peñas de Aya, no menos significativas. Los hortelanos, como puede verse, utilizan todo tipo de envases para recoger el agua de la lluvia.


Apenas media hora de paseo con la incertidumbre de que se cierre aún más el cielo y caiga un chaparrón de los buenos. Hay una luz oscura y misteriosa que, de pronto, sufre una mutación y resplandece durante un par de minutos: el sol se ha colado entre la espesura nubosa.




Estas alternancias lumínicas, tan habituales en la primavera bidasotarra, tienen encanto y emoción. Al final no cae una gota.

Irún, ab. 09

martes, 14 de abril de 2009

Graham Green y los triángulos amorosos

Acabo de ver en DVD El americano impasible, de Philipe Noire (2002), basada en la novela homónima de Graham Green. Me ha gustado mucho esta mezcla de relato bélico e intriga amorosa que protagoniza un magnífico Michael Caine -todavía más impasible que el propio americano, un para mí desconocido, pero interesante, Brendan Fraser. Mención especial para el director de fotografía, Christopher Doyle, australiano con fuertes querencias extremo orientales, que aporta una visión húmeda y neblinosa del Vietnam de los años 50.

Philippe Noire/ Graham Green rastrean aquí los orígenes de la guerra del Vietnan y cómo la intervención de los americanos en la lucha entre comunistas y colonialistas franceses terminará enfangando a aquellos en una larga guerra. Interesante también la casi ritual manipulación que sufren las actividades de grupos terroristas, un terreno propicio para que nada sea lo que parece o de cómo los servicios secretos de las potencias pueden llegar a manipular los crímenes terroristas, siempre con la sangre de inocentes y como tributo a la perversidad humana.
El triángulo amoroso que se describe aparece también en otra película espléndida, El fin del romance, de mi admirado Neil Jordan (1999), basada en otra novela de Graham Green. En esta ocasión es la encantadora Julianne Moore –qué extraña y admirable su belleza- quien consigue emocionar al espectador más templado, aunque para emoción, la de éste Neil Jordan en la inolvidable Juego de lágrimas.

Parece que al católico Green le interesaban las relaciones sentimentales a tres bandas, un tema agudizado –sobre todo en su época, hacia los 40 y 50 del pasado siglo- por la dogmática indisolubilidad del matrimonio católico. Es un tema que, en nuestros días, ha perdido fuerza. Al haberse atenuado la prohibición (no por la Iglesia católica, sino por los usos sociales) parace haberse diluído también el deseo, como suele ocurrir en estos casos.
Curioso también el destino de este escritor inglés, Graham Green, tan leído y popular aquí a mediados del siglo XX, con decenas de ediciones baratas, en traducciones muchas veces disuasorias, y que hoy está relegado al olvido de los novelistas, pese a su nada desdeñable calidad. Las novelas y las películas tienen esa característica en común: la mayoría son efímeras. Tienen su momento de gloria y luego desaparecen entre una avalancha de novedades.

jueves, 9 de abril de 2009

Prímulas y narcisos


Hendaya, mar. 09

Uff, demasiado color. Un poco de Benjamin Biolay para equilibrar.

Dans la Merco Benz

Petite princesse
Ma beauté, ma promesse
Ma petite faiblesse
Ma plus belle histoire de fesses
Dans ma mercedes
C'est de l'espoir que je caresse
Souvenir suprême de mon plus beau problème
Dans ton abdomen, tout nouveau spécimen
Joue à la crème
C'est de l'espoir que je promène

*

miércoles, 8 de abril de 2009

Maestro quesero

FOTO DESAPARECIDA

Feria gallega en plaza Easo, San Sebastián, Ab. 09

-¿Es usted de Villalba, Lugo, como Fraga?
-Pues sí. Como Fraga y como el arzobispo.
-¿El arzobispo?
-Sí, ese… ¿Cómo se llama?
-¿Rouco?
-Ese, Rouco…
-Pues vaya pareja, ¿no?
-Sí, jejé…


martes, 7 de abril de 2009

Sarcófago rodante


En este sarcófago rodante se introducen animales vivos para su desplazamiento. San Sebastián, Mar. 09


En este artículo, titulado Caza de pájaros con pegamento, el escritor Ignacio Carrión cuenta que ha asistido al pleno del ayuntamiento de Benissa en el que se ha legalizado –apelando a la tradición romana y a las señas de identidad, nada menos- la caza de aves con liga, un método bárbaro, prohibido en los paises civilizados, que aquí quiere reimplantarse. Así vamos.

En el Diario de Leon Bloy, que leo estos días, encuentro esta anécdota:

En la calle. Unos granujas se entretienen chamuscando ratones dentro de una jaula de hierro suspendida encima de una puerta. Este espectáculo pone a Jeanne (su esposa) al borde de la desesperación, hasta el punto de que yo intervengo. Sin comprender bien lo que pasa, al principio, luego hipnotizado, me lanzo en medio del innoble grupo, que disipo en un santiamén. Esta visión nos llena de horror. La tierra es espantosa… (6.2.1895)

lunes, 6 de abril de 2009

La capilla del Peine del Viento



A Mertxe, siempre amable y generosa

El espacio del Peine del Viento está distribuído en gradas; las gradas, a su vez, se visten con bloques cuadrados de granito. Unas escaleras vierten hacia la ciudad; otras hacia la isla de Santa Clara y otras, finalmente, hacia el mar abierto. Desde estas últimas se contemplan los aceros chillidianos.

Luis Peña Ganchegui, el arquitecto donostiarra recién fallecido, fue el sensible artífice de este espacio. El granito que lo reviste es rugoso y áspero. Los aceros, con el paso de los años han sufrido un proceso de despellejamiento que les ha avejentado y embellecido.

El Peine del Viento es una capilla abstracta, abierta a la intemperie, no sólo del cielo sino también del océano. Es su integración con la naturaleza la que le proporciona su encanto místico y espiritual. Toda capilla es un cobijo. Aquí esa sensación de intimidad y protección procede de los acantilados en los que se asienta; pero el cobijo es efímero e inseguro. Si azota el temporal el lugar se vuelve inhóspito como la ira de Dios. Tiene tanto de dulce como de terrible. Refleja fielmente la vida espiritual.

Una vez que has entrado en su ámbito los pasos se vuelven dificultosos. Nadie entra descalzo en el Peine del Viento; nadie, salvo algún fakir, se tumba a la bartola sobre la piedra erizada. A nada que el mar se encrespe hay que andarse con tiento. Como sabe cualquier marino no es recomendable darle la espalda a la mar. En la bajamar, sin embargo, el lugar se vuelve apacible. El fondo marino queda al descubierto: semeja un jardín de piedras, un jardín zen japonés.

Las piezas de Chillida son a veces manos de dedos arqueados que prenden el viento, la línea del horizonte, el límite; a veces son signos de interrogación que le cuestionan al mar (la vida) las preguntas que sólo tienen respuesta en la fe, nunca en la razón.

Mucha gente viene hasta este extremo de la ciudad dándose una caminata y toca la base del acero más próximo, como el peregrino que llega a Santiago y hunde sus dedos en el mármol del Pórtico de la Gloria.


viernes, 3 de abril de 2009

La muerte de Roland Barthes

La demanda de amor. Roland en brazos de su madre. (Foto: Ed. Seuil)

Ignoraba que Roland Barthes está enterrado aquí al lado, en Urt, una veintena de kilómetros al este de Bayona. Me entero gracias a la biografía del escritor francés escrita por Louis-Jean Calvet, que acabo de leer estos días.

Barthes murió el 26 de marzo de 1980, varias semanas después de ser atropellado por una furgoneta en una calle de París. Aquel día fatídico, había acudido a un almuerzo con François Miterrand cuando éste aún no había logrado la presidencia de la República.

El promotor del encuentro fue Jacques Lang, luego ministro de Cultura con aquél. Según su biógrafo, Roland no tenía demasiadas ganas de participar en la comida pero, finalmente, acudió. Unos años antes había participado en un encuentro similar con Giscard d´Estaigne, por el que fue muy criticado.

Salvo en los años de juventud, RB no era demasiado entusiasta de la política ni de los políticos, pero también era un hombre que tenía dificultades para decir no.

En el momento de su atropello tenía 65 años. Durante los primeros días en el hospital parecía recuperarse. Sin embargo, según cuenta el biógrafo Calvet, la situación cambió, debido tal vez a que RB perdió las ganas de vivir y dejó de luchar.

Tal vez nunca consiguió superar la muerte de su madre, Henriette, fallecida el año anterior. Tal vez se había hecho demasiado viejo para seguir interesando a los muchachos con los que se relacionaba. Tal vez su situación en el hospital le recordaba demasiado los angustiosos años de su juventud que pasó recluido en hospitales debido a su tuberculosis. Tal vez estaba cansado de los “pesados” que le reclamaban una y otra vez. Quién sabe.

La ceremonia del entierro fue breve, íntima y discreta. No podía ser de otra forma tratándose de él.

Unos días más tarde, el 15 de abril, murió Jean Paul Sartre. Una multitud participó en su inhumación.

Uno de estos días, mientras espero que se traduzcan sus notas sobre el viaje a China y su diario de duelo tras la muerte de Henriette, me acercaré hasta Urt. Visitaré el cementerio e intentaré asomarme a su casa de vacaciones.

Cuando le preguntaron la razón por la que en su libro sobre sí mismo no incluía fotos que fueran más allá de su adolescencia, Barthes dijo: “Mi cuerpo ya no está en la imagen, en la fotografía, está en mi escritura. El escritor sólo existe en su obra.”

RB, la alegría del lector


miércoles, 1 de abril de 2009

Arbustos en flor





La planta amarilla es una forsitia; la otra no he logrado identificarla. Ambas, muy bellas, están en plena floración. En Hendaya se pueden encontrar al borde de cualquier paseo.

PD. Glo me dice que la otra es una "Polygala myrtifolia", un híbrido procedente de Sudafrica.

*