viernes, 7 de enero de 2011

Estampas navideñas

Leo en la prensa que un tribunal francés ha ordenado desmontar un belén navideño instalado en una plaza pública, por atentar "contra la laicidad de la República". Un rato más tarde, sentado al sol en un banco de la donostiarra plaza de Guipúzcoa –que diseñó Pierre Ducase, jardinero francés- contemplo las figuras del belén que ocupa todo el jardín.
Muchos niños y padres lo recorren y se hacen fotos. Bueno, me digo, nuestros niveles laicistas distan mucho de los franceses, pero al menos los niños lo pasan bien. En ese momento empiezan a sonar las campanadas del mediodía en el reloj del Palacio Foral. Cuando terminan, el carillón se pone a interpretar la melodía de un villancico vasco. (Tengo que mirar si en el Estatuto de Guernica dice algo sobre el laicismo.)

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Una señora mayor deja mi coche empotrado con el suyo. Cuando voy a desaparcar la mujer se queda al acecho. Inicio la esforzada maniobra (mi utilitario no tiene dirección asistida) y enseguida escucho su grito: -¡Stop!, ¡stop!... ¡Ya me han dado un golpe por delante! –empieza a contarme. -Si aparcara usted mejor, señora… -y sigo doblando el volante, mientras ella despotrica. Poco después, mientras esperamos en el semáforo, el niño pequeño tose una vez –con estrépito- y una señora mayor, delgada y menuda, con un abrigo de piel de leopardo, se gira y se eleva el embozo de su verduguillo verde caqui hasta la nariz. ¿De dónde habrá sacado ese verduguillo? Luego se pone nerviosa y amaga cruzar en rojo: un coche que pasa la disuade.


Nochevieja en B, ciudad castellana. Una hora antes de las campanadas empiezan los primeros petardos, cohetes y el resto de la pirotecnia. Poca cosa en comparación con la que se arma tras las doce uvas. En los edificios de enfrente apagan las luces y bajan las persianas. Se ha corrido la voz de que las ventanas iluminadas serán un blanco para los petarderos. Nadie quiere correr riesgos. Abro una ranura del balcón y penetra un olor a pólvora disuasorio. La avenida, la gran plaza y el recinto de juegos infantiles están anegados por la humareda. El ruido es notable. No observo el menor cambio en este ritual respecto a los años anteriores. Quizá ha sido algo más corto. La munición escasea. El perrillo está tan asustado que no hay forma de sacarlo de debajo de la cama. Antes de ponerme los tapones para dormir busco un poco de música en el dial. Me conformo con cualquier cosa, pero sólo encuentro una sucesión de chabacanadas y a los incombustibles de Radio María, que imparten una catequesis.

Al día siguiente, a las 10 de la mañana, contemplo la avenida y la plaza desiertas, el cielo gris cubierto por estratos. Debe hacer frío ahí afuera. Llegan dos jovencitas vestidas de fiesta, tambaleándose, apoyándose la una en la otra. Es el efecto de los tacones de aguja. La más atractiva luce unos hermosos muslos envueltos en nylon hasta la aparición del cuero negro de su mini; chupa negra de cuero y bolsito negro. Su amiga va algo más tapada aunque a la misma altura de tacones. Charlan un rato en la esquina esforzándose entre risas por mantener la vertical. Dos jovencitos derrengados las contemplan como si fueran apariciones. Lo mismo les ocurre a dos hombres mayores con sus perritos. Se paran a contemplarlas. Cuando regreso al ventanal han desaparecido.

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Durante el primer paseo del año, en el parque de Fuentes Blancas, leo un cartel en el que se informa que el Arlanzón fue un río con mucha actividad pesquera. Cuando los Reyes Católicos, con motivo de una visita regia, se decretó una veda temporal cuyo incumplimiento acarreaba “cien azotes”. Durante un rato me pregunto cómo serían esos azotes. * De vuelta, en el ensanche, paso junto a un bar que se llama Café, tapa y puro. Mañana, ya será un anacronismo. Un buen tema para un bar. * Uno, dos, muchos padres con paquetes de juguetes en la mano mientras acompañan a sus hijos pequeños a la cabalgata de los Reyes Magos. Me pregunto si les falta cerebro o les falta conciencia. Tal vez ambas cosas. Parece que, en nuestros días, son los padres quienes se ocupan de eliminar la inocencia. * En plena histeria mediática sobre la ley antitabaco, una madre fuma un cigarrillo, entre la grey infantil que escucha el mensaje de los Reyes Magos. De pronto gira bruscamente la cabeza y, sin mirar, lanza un chorro de humo sobre la mujer que tiene detrás. El marido de la fumadora le hace una señal sobre la existencia del prójimo.


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