lunes, 3 de diciembre de 2018

Un despotricador

Es casi un anciano, de mediana estatura, delgado y con el rostro abotargado. Llega cada mañana a la biblioteca envuelto en un plumífero y con una gorra de cuadros. Se sienta junto al gran ventanal que da a la plaza y se queda una o dos horas. Ni lee ni hace el menor amago de hacerlo. Tampoco habla con nadie. Permanece en una actitud contemplativa, la mirada clavada en el suelo un par de metros al frente.
Hoy, al entrar, se ha alterado y ha empezado a despotricar. La razón es que uno de los asientos de plástico estaba movido de su sitio habitual. Este hecho le ha puesto sumamente nervioso. Ha calificado de “guarros y maleducados” a los autores de este desorden, y ha procedido a reponer el asiento en su lugar milimétrico.
Al cabo de media hora ha abandonado la sala de lectura apoyándose en un paraguas negro.


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