Como lleva varias semanas madrugando mucho y
saliendo muy temprano de casa, de vez en cuando la siesta se le dilata a García
más de la cuenta. Hoy ni siquiera le ha dado tiempo de prepararse un té antes
de salir. Quería aprovechar la hora previa al anochecer, y el relativo buen
tiempo, para dar un paseo.
La tarde ha sido tibia, con el cielo despejado
aunque algo velado por nubes altas. En la bahía le ha adelantado una joven y
esbelta corredora. Para cuando ha querido fijarse un poco, la veloz se había perdido
en la lejanía.
En el puerto, entre un mar de mástiles, vislumbra la
torre de la iglesia de Fuenterrabía. Como ha llovido en abundancia hay muchos
charcos. No le queda más remedio que pararse a sacar unas fotos. A veces se
asoma a los charcos como quien se asoma a una bola de cristal.
Ha estado dudando sobre el itinerario a seguir,
inducido por la perspectiva de intentar captar los efectos de la puesta de sol,
pero luego ha preferido dejar el asunto al azar y meterse mar adentro a través
del espigón.
Pronto se ha visto recompensado porque, con la
distancia, ha verificado que la luminosidad del anochecer también se produce
hacia el este, incluso, al menos en esta época del año, con más intensidad que
al oeste.
Pequeños bandos de gaviotas se van también mar
adentro, a pernoctar en los acantilados. Por el contrario, las embarcaciones ligeras
retornan gradualmente hacia el puerto.
El espigón está tranquilo, aunque no totalmente
solitario como había imaginado: el encanto del atardecer tiene más devotos de
los que imaginaba.
García, antes de regresar, se sienta en una roca para
contemplar el panorama. El mar emite su murmullo en bajo continuo y la luz
disminuye rápidamente. Las montañas aparecen cada vez más oscuras y, en torno a
sus perfiles se pintan suaves pinceladas rosas.
A finales de noviembre la luz diurna apenas
sobrepasa las diez horas; el resto es oscuridad. Y así seguirá durante otro mes
completo, tal vez más. García prefiere no pensar demasiado en ello. Con el paso
de los años se ha vuelto un devoto de la luz solar y le deprime un poco esta
merma.
Durante el paseo venía dándole vueltas a la idea de
que todos somos demasiado optimistas, ponemos demasiadas esperanzas en la vida,
todo lo contemplamos desde el punto de vista de la vida, cuando tal vez
deberíamos hacerlo desde el punto de vista de la muerte.
Luego pasa una gaviota, o divisa a un perro
correteando sin ton ni son por la playa, o cualquier otro detalle, y se le
pasa. Así es la mente: todo va y viene en ella. Es consciente de que hay ideas
que no se puede permitir o, mejor, que no deben predominar. Al fin y al cabo,
no todos somos suicidas.
Más allá de las Gemelas la línea de la costa
aparece muy difuminada por la neblina. Ya se han encendido las primeras luces
de la localidad, luces que se reflejan alegremente en la superficie del mar.
Decide bajar a la playa. Ya casi es de noche. La
arena está muy blanda, debido probablemente a las mareas vivas de estos últimos
días. Camina con dificultad. Una mujer, a la que ya apenas puede ver, se
desliza con el agua por las rodillas. Dos pescadores practican la pesca nocturna,
ayudándose mediante unas linternas que llevan a modo de cascos en la frente. En
la punta de sus cañas brilla una lucecita verde. “Qué sofisticado se está
volviendo todo.”
Por un momento teme enredarse con el hilo de sus
aparejos, pero pasa sin problemas. Antes de alcanzar su vehículo se detiene en
la librería para ver las novedades. Hace
meses que no entra en el establecimiento. Lo han cambiado desde la última vez.
Los libros han desaparecido, ya sólo quedan revistas, periódicos, mapas, guías
turísticas, postales.
“Sí, todo se está volviendo muy sofisticado.
Demasiado, probablemente.”

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