miércoles, 3 de abril de 2019

Por la ribera del Duero: Roa



En la soleada mañana del domingo, temprano, con poco tráfico, es un placer conducir por la autovía Burgos-Madrid. Aún es mayor el placer de abandonar la autovía y meterse por las solitarias carreteras secundarias que conducen hasta Roa. No tardan en aparecer los primeros viñedos, también llamados majuelos, y las consiguientes bodegas esparcidas por todo el paisaje. Resisto la tentación de pararme varias veces para hacer fotos, inspeccionar viejos caminos o contemplar el bello entorno que atravieso.

Roa está situada en un estratégico alto, con el Duero a sus pies. Está habitada desde la Edad del Hierro y ha sido también castro celtibérico, la Rauda romana y poblado visigodo (hay una necrópolis). Toda esta comarca fue repoblada a partir del año 912 pues durante los dos siglos anteriores formaba parte del "desierto estratégico" que servía para proteger al reino Astur de los invasores musulmanes.


Dejo el coche a la entrada y comienzo a pasear por la localidad. Enseguida llego a la plaza Mayor, porticada y presidida por una excolegiata de gran porte, levantada a mediados del siglo XVI en estilo de transición entre el gótico y el renacimiento. Pese a ser domingo el templo está cerrado. Una de las portadas, gótica y tapiada, está muy deteriorada.


En Roa quedan algunos restos de la muralla medieval que fue levantada por orden de Violante de Aragón, esposa de Alfonso X el Sabio a finales del siglo XIII.

Desde el mirador, situado en una esquina del pueblo, hay unas vistas excelentes. Abajo aparece el puente sobre el río. La vista se pierde en la lejanía, entre edificaciones, campos de cultico, pequeñas manchas arboladas y altozanos muy erosionados. En el parquecillo hay una estatua del cardenal regente Cisneros, que murió aquí mientras viajaba para encontrarse con el ingrato Carlos V que venía a España, rodeado de su corte de pijos y ambiciosos cortesanos extranjeros, a tomar posesión y que no hizo nada por saludar al que le había mantenido el trono a buen resguardo. La pose de la estatua no es muy afortunada. Más parece un actor que el sobrio y severo cardenal que fue.
El Duero a su paso por Roa

También murió aquí el guerrillero Juan Martín Díez, alias El Empecinado, cuyo apodo, al parecer, no proviene de que su carácter fuera muy obstinado, sino que a los de su pueblo natal, Castrillo de Duero (Valladolid), se les llamaba "empecinados". Y ello debido a que en el arroyo del pueblo abundaba la "pecina", que es un cieno verde de aguas en descomposición. Combatió en la guerra de la Independencia y luego el absolutismo regio. Fue ahorcado por Fernando VII, el rey felón. La historia de su ejecución es un espejo de la infamia a la que llegó Fernando VII. También tiene una estatua. Doy un par de vueltas y me siento en un banco del parque junto al polideportivo para comer algo, bajo un sol delicioso. Luego sigo el viaje hasta Haza, un puñado de kilómetros al sureste.



---




No hay comentarios:

Publicar un comentario