En breve tendremos un nuevo Gobierno. Será, en realidad, la continuación del Gobierno anterior: socialistas + comunistas, con el apoyo de nacionalistas + separatistas. Antes o después –requisito indispensable– habrá una amnistía para los golpistas catalanes. En unos pocos meses, al calor de la dinámica política, todo el mundo se habrá olvidado de esa amnistía, como ya se han olvidado de los recientes indultos a los mismos.
Educación propia, preferiblemente en lengua vernácula; Sanidad propia (cada vez aquejada de mayores problemas por cierto); un nutrido ejército de funcionarios; una Policía propia (ya la tienen); unos jueces propios (también lo tienen o lo tendrán en breve) y, lo más importante, una Hacienda propia, para quedarse con todo lo que recauden sin tener que compartir con el resto de los españoles como ya hacen los vascos.
Obtendrán también un Concierto Económico (como el vasco) para, además de no repartir un solo euro con lo que recaude su Hacienda propia, poder trapichear para que el resto de España les regale cosas, servicios, etc. a precio de saldo.
Por descontado, no tendrán que participar en ninguna institución común que no les interese o apetezca (tampoco lo hacen ahora) y podrán declarar laborables los festivos nacionales.
Todas estas buenaventuras (ampliables si es necesario, por supuesto) sólo tienen dos requisitos: uno fácil y otro menos fácil.
El fácil es que el resto de los españoles lo acepten con resignación cristiana. Como hasta ahora, en el caso del País Vasco, no han dicho esta boca es mía e, incluso, lo han apoyado todo con sus votos, parece que por este lado no habrá problema alguno.
El requisito menos fácil es que los nacionalistas catalanes (y los vascos) acepten esta independencia de hecho sin ponerse burros y exigir también la independencia de derecho.
Aquí es donde será necesario que la inteligencia política sea algo más que una sospecha. Habrá que aceptar la monarquía, y no organizar consultas, referéndums, ni mucho menos, proclamar la independencia al calor de una mayoría simple en algún Parlamento.
En lo que a la Constitución respecta, no hay que preocuparse. Si hemos llegado hasta aquí con ella podemos seguir estirándola hasta donde haga falta y, si ello no fuera posible, siempre cabe la opción de retocarla. Al fin y al cabo se trata de una Constitución y no de las Tablas de la Ley.
Todo esto lo veo factible con la continuidad del Gobierno sanchista con los apoyos ya conocidos y con un Tribunal Constitucional debidamente orquestado para bendecirlo todo en un santiamén.
Y si hay que repetir elecciones tampoco pasa nada porque los resultados serán parecidos (para eso tenemos la ley electoral que tenemos y nadie quiere cambiar) y sólo habrá que repetir todo el proceso, esperemos que en versión abreviada para no aburrir.
Y entonces podremos repasar el comienzo de este artículo que no habrá perdido vigencia. Lo único es que Carlos Puigdemont tendrá que esperar un poco más en Waterloo. No sé si le apetecerá.
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