1. Parece mentira que algo tan nimio como que te saquen sangre para un análisis pueda resultar tan inquietante. Desde que en una ocasión me hicieron una avería en el brazo, que sufrí durante meses, ir a que me saquen sangre me supone un esfuerzo considerable. Hoy me tocaba. La culpa, principalmente, es de mis venas, que tienen tendencia a esconderse en cuanto detectan una aguja en las inmediaciones.
Así que me he preparado haciendo algunos ejercicios gimnásticos matutinos, abrigándome bien y dejando el coche aparcado a alguna distancia del laboratorio. Todo ello con el fin de activar mi sistema circulatorio lo que, imagino, contribuirá a que la fluidez de mi sangre facilite la operación extractiva.
Aunque aquí no hay un horario estricto para las extracciones, me ha tocado hacer cola para ser atendido. Como se requiere el ayuno previo la mayoría vamos a primera hora. He entretenido el rato contemplando una pantalla de televisión. En la pantalla aparecía el ministro de Interior francés y una periodista de mediana edad, seria y atractiva, con una actitud como de intentar poner en apuros al ministro. Este, frío e impasible, con cara de no salirse del guión ni aunque lo aspen, daba explicaciones sobre el terrorista que acaba de asesinar a un turista en París y las razones por las que el asesino, que según el ministro era un perturbado (que gritaba consignas islámicas), gozaba de libertad: un informe psiquiátrico le había sido favorable.
La periodista no parecía nada convencida y trataba, en vano, de acorralar al político. Ella, de riguroso y elegante traje azul, llevaba las uñas pintadas de rojo. De vez en cuando las desplegaba con los dedos extendidos y abiertos sobre la mesa en dirección al entrevistado. Político y periodista parecían estar muy en su papel. Demasiado, a ojos de un observador distante como yo.
No me quedo a ver el desenlace porque me llaman de la recepción. He pasado la prueba con relativo éxito, pues sólo han tenido que pincharme una vez –cuando en otras ocasiones han sido dos–, pero regreso a casa con el consabido moratón. Ya veremos mañana cómo va lo del colesterol y los triglicéridos.
2. Un escritor a quien no he leído y sobre el que, en consecuencia, no tengo opinión sobre su obra, reclama en una entrevista promocional “el derecho a carecer de opiniones sobre casi todo. Y a ejercer el silencio no sólo como una forma de cortesía hacia los otros, sino de sabiduría hacia mí mismo.” Lo primero lo veo complicado, salvo que hayas alcanzado el nirvana. Y me llama la atención ese “casi”, que parece cuestionar el derecho citado. Lo de ejercer el silencio –sea por cortesía, sea por sabiduría–, lo veo bien. En resumen: una cosa es carecer de opiniones y otra tenerlas pero no expresarlas. Los tontos carecen de opiniones. Los listos se las callan, sobre todo cuando no coinciden con las opiniones mayoritarias que flotan en el ambiente.
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