
Aparecen las famosas pistolas. Pertenecen a Alberto, el rival de Werther en el corazón de Carlota. Se suscita un debate sobre el suicidio, mientras Carlota atiende a sus obligaciones con sus hermanos/hijos. Cinco nada menos. Los varones esgrimen sus argumentos: Werther lo defiende; Alberto lo rechaza. Pero, en el terreno dialéctico Alberto no puede competir con Werther.
Antes de irse éste lanza su idea del suicidio como consecuencia de la enfermedad del espíritu: “La naturaleza humana tiene sus límites; puede soportar, hasta cierto grado, la alegría, la pena, el dolor; si pasa más allá, sucumbe. No se trata, pues, de saber si un hombre es débil o fuerte, sino de si puede soportar la extensión de su desgracia, sea moral, sea física; y me parece tan ridículo decir de un hombre que se suicida que es cobarde, como absurdo sería dar el mismo nombre a quien muere de una fiebre maligna.”
Pero Werther es un creyente; aunque con inclinaciones panteistas. Con frecuencia habla del Creador en sus cartas. Cuando ya la enfermedad de su espíritu está a punto de destruirle, lanza esta invocación estremecedora: “¡Oh Padre que no conozco! Padre que otras veces has llenado toda mi alma, y que ahora te apartas de mí; llámame pronto a tu lado. No guardes silencio más tiempo, porque tu silencio no detendrá mi alma impaciente. Y si entre los hombres no podría enojarse un padre porque su hijo volviese a su lado antes de la hora marcada, y se arrojase en sus brazos exclamando: “Heme aquí de regreso, padre mío; no os incomodeis porque haya interrumpido el viaje que me habeis mandado terminar; el mundo es igual por todas partes; tras el dolor y el trabajo, la recompensa y el placer… Pero a mí, ¿qué me importa? Yo no estaré bien más que donde vos esteis; en vuestra presencia es donde yo puedo gozar y padecer…” Tú, Padre celestial y misericordioso, ¿podrías rechazarme?”
El ataud de Werther “fue conducido a hombros de jornaleros al lugar de su sepultura; no le acompañó ningún sacerdote”.
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Siempre tengo cerca al Wherter. Lo leo de vez en cuando y siempre me parece admirable. Elegancia, inteligencia, delicadeza... Goethe recogió velas unos años después de escribir esta novela, posiblemente asustado de la que estaba organizando el romanticismo entre la juventud. Pero también aquí usó de la honradez e inteligencia que le caracterizaban.
ResponderEliminarEstupendo, Juan Luis, he disfrutado muchísimo con los tres artículos.