miércoles 7 de marzo de 2012

El infierno vasco, de Iñaki Arteta

La película (2008) que nunca se estrenó en San Sebastián. Ahora en You Tube



1980, nuevo proyecto de I. Arteta

martes 6 de marzo de 2012

Modelos XL

Cultivemos nuestras manías, sólo eso cuenta. Paul Léautaud. 

Crystal Renn

De vez en cuando la prensa proporciona agradables imágenes.
Incluso Plus Size.


miércoles 29 de febrero de 2012

La farsa de Marcel Duchamp S.A.

Marcel Duchamp era un señor que fumaba en pipa

La visita a la exposición antológica de Marcel Duchamp en Burgos me confirma que la obra de este artista francés no tiene para mí el más mínimo interés y que puede ser catalogada como farsa, broma de poco gusto, burla o cualquier epíteto similar. Pero lo peor, sin la menor duda, es el aburrimiento.

Hay en ella una buena representación de los ready-made que le hicieron tan famoso. Además del consabido urinario podemos disfrutar también de un botellero metálico, una pala para la nieve, un peine para perros (del modelo antiguo, no uno de esos prácticos cepillos que se encuentran ahora en el mercado) o una funda de máquina de escribir a la que denomina escultura blanda. Hay también algunos juegos ópticos con papeles, algunas fotografías de un tal Man Ray e infinidad de bocetos para otras obras duchampianas. Lo más abundante quizá sean los papeles manuscritos llenos de tachones. La razón de ellos es bien simple y se basa en la peregrina idea de que todo lo que toca con sus manos un presunto genio es una genialidad. Esta idea entronca a la perfección con la definición de los ready-made, según la cual cualquier objeto cotidiano puede adquirir un valor artístico por el solo hecho de que un (supuesto) artista estampe su firma debajo o lo seleccione para una exposición.

El éxito de un señor como Duchamp sólo demuestra que el mundo está lleno de pobres gentes crédulas e ingenuas a los que, en el mundo del arte, se unen o superponen los aprovechados, los caraduras, los sinvergüenzas y los que se enriquecen a su costa.

Me dan pena los ignorantes que, con toda su buena voluntad (y aprovechando que la entrada es gratuita) se acercan a ver semejante bodrio y no entienden nada. Las personas de edad se esfuerzan e intentan discutir con los más jóvenes. Estos, para hacerse los modernos, quieren descifrar y explicar cosas pero  poco hay que explicar. Me dan ganas de decirles: No se preocupe, señora. Tiene usted toda la razón. Marcel Duchamp no es más que un estafador. Salgo usted a tomar el aire que le irá mejor para su cuerpo y para su espíritu.

He tenido una suerte estupenda –dijo el artista-. Nunca he pasado un día sin comer y tampoco he sido rico. Así que todo ha salido bien.

Y tanto. Duchamp murió hace 44 años. Durante este tiempo –y lo que queda- más de uno se ha hecho rico a su costa. A su costa y a la de todos los cándidos que seguimos corriendo detrás de un arte no ya decadente sino, más bien, inexistente.

lunes 27 de febrero de 2012

Duermevela

Foto: James White

No ha comido demasiado pero apenas ha dormido la noche pasada así que está cansado y somnoliento. Sin embargo no puede permitirse echar una siesta pues se encuentra en Biarriz donde, aprovechando las vacaciones escolares, ha ido a pasar la tarde en compañía de su mujer y de sus hijos. Como de costumbre deja que la familia haga su plan de tiendas y él se dispone a deambular por la ciudad. Aunque hace frío el sol pone una nota cálida en aquellos lugares en que se posa. Ha mirado la cartelera de exposiciones pero no ha encontrado nada. Poco a poco sus pasos se dirigen hacia el mar. A medida que el sol avanza hacia el oeste el largo paseo sobre los acantilados y el puerto viejo se encuentra más soleado. Hace tiempo que ha cogido la costumbre de buscar instintivamente el sol durante los paseos invernales, de la misma forma que busca la sombra durante los estivales.

A esta primera hora de la tarde abundan los paseantes. Sube y baja por las sinuosidades de la costa hasta que, más bien exhausto, decide refugiarse en uno de los salientes costeros que la municipalidad ha acondicionado, con bancos, escaleras, barandillas y plantas, en lo alto de una roca que sirve de atalaya sobre el mar. Encuentra un banco libre y toma asiento. El lugar está concurrido pero la gente, bendita sea, no levanta la voz para expresarse y hay una relativa tranquilidad, sólo rota por algún ladrido, alguna estridencia de gaviota, suaves zureos de palomas y por el rumor que desencadena el oleaje en su encuentro con las rocas costeras. A sus pies aparece una playa minúscula donde una joven juega con un par de perros. Lamenta, como de costumbre, no haber echado un libro en su bolso. Cómo puede uno lanzarse a la calle alegremente sin aprovisionarse de lectura. En fin.

En el bando de su derecha hay un hombre maduro y solitario que parece ensimismado contemplando sus guantes. Los mueve y remueve entre las manos. En el banco de la izquierda hay una pareja veterana que charla ininterrumpidamente. El se queda inmóvil y bien estirado recibiendo en la cara los rayos del sol. Afortunadamente no ha olvidado sus gafas oscuras. Pese a ellas, entorna los ojos y, a continuación, los cierra por completo. Como si hubieran conectado un amplificador el sonido rítmico del mar se intensifica. Llega un momento en que las voces humanas se borran y no sólo ellas sino también el rumor de las olas pierde intensidad hasta casi desaparecer. Al principio se recrea con la intensidad dulce de los rayos solares sobre su rostro. Se siente como una batería enchufada que se recarga lentamente y luego, como no podía ser menos, recuerda su visita a Biarriz, en plena juventud, tras los pasos de aquella chica de la que se había enamorado. Por un lado fue una agradable jornada en la playa, tumbado al sol junto a la mujer de sus sueños. Por otra fue una turbulencia más bien demoledora, habida cuenta de que ella no parecía demasiado impresionada. Dicho de otra forma: allí sólo había un enamorado, que era él. Ella, si bien no le desdeñaba se limitaba a sobrellevar halagada la situación. Unas horas después él abandonó la ciudad. Se llevaba en el bolsillo la tenue esperanza de verla unas semanas más tarde, en otra ciudad de la costa.

Prefería no recordar el desenlace.

Todavía, treinta años después, se preguntaba por el poder hipnótico de algunos cuerpos, de algunos rostros, de algunos cuerpos y rostros. Ahora ya sabía perfectamente que aquello fue sólo deseo, sabía que el término enamoramiento es un eufemismo. Cada rato le llegaban algunas voces para luego volver a esfumarse. Pasó diez o quince minutos en este duermevela. Cuando se despertó había menos gente a su alrededor, pero el hombre de su derecha seguía allí, contemplando obsesivamente sus guantes. Nada le extrañaría que, en un arrebato, se arrojara al mar de cabeza.

martes 21 de febrero de 2012

"Vieja escuela", de Tobías Wolf



Qué libro extraño y atractivo. Lo venden como una novela pero, hasta que uno ha leído dos tercios, diría que se trata de unas memorias. Luego, a esa altura, se produce un giro de timón hacia un enfoque más novelístico, pero tampoco demasiado.

Pero no esa la única rareza. Es también el primer libro ambientado en la vida escolar, de los que yo he leído, en el que el narrador está encantado de encontrarse ahí. Se trata de un colegio norteamericano de élite, en el que conviven, en régimen de internado y sin aparentes distinciones, estudiantes ricos y estudiantes becados. El narrador pertenece al segundo grupo. Se trata, además, de un colegio en el que la literatura se considera algo importante y en el que se estimula a los alumnos para que escriban. Todo esto resulta bien extraño para alguien de cultura hispana.

El narrador, por su parte, está dominado por la pasión literaria, quedando en segundo plano la pasión amorosa (o sexual para ser preciso) de la que suele ocuparse este tipo de obras y que suele ser la predominante en la adolescencia.

Este libro se ocupa también de un debate literario. Este debate oscila entre la literatura del poeta Robert Frost, la del mítico Hemingway y la de la anticomunista Any Rand, aquella que dijo: El sueño de la igualdad universal no lleva al paraíso sino a Auschwitz. Esta última, a diferencia de Hemingway, no sale muy bien parada.

La escritura de T. Wolf, por su parte, es una delicia por lo cuidada y precisa. Tiene este hombre un encanto especial o, lo que es lo mismo, tiene un talento de lo más agradable. Lástima que la versión en castellano sea apresurada y deje bastante que desear.

Al margen de ello y después de casi dos lecturas, todavía no acierto bien a saber en qué o dónde radica el encanto de este libro. Creo que se trata de fragilidad y está relacionada con esta frase del narrador: Antes que nada la memoria es un sueño, y lo que yo tenía era el sueño de un recuerdo.

sábado 18 de febrero de 2012

Peces muertos

No te puedes creer que sean tan tocahuevos. Haces 30 kilómetros, pagas dos peajes, te las deseas para aparcar y, cuando llegas a la ventanilla de la Sous-Préfecture resulta que el servicio de carnés de conducir sólo funciona por la tarde, de 1 a 4 para ser exactos. De vuelta al coche observo que los márgenes del Adour están llenos de peces muertos, lo que no contribuye a alegrarme la mañana.

En Bayona y con tres horas por delante. Entro en una tienda de comida, a ver si me animo. Una mujer joven, embarazada de seis meses, me mira con cara de asco mientras me decido por un minibocadillo caliente. No sé si es que tiene nauseas o es mi acento extranjero lo que provoca su aspaviento. Tampoco me preocupa demasiado. Mordisqueo mientras camino y miro escaparates. El bocadillo está frío y rancio. Me guardo un trozo en el bolsillo para echárselo a los gorriones.

Entro en una cafetería y pido un café largo. Mientras le doy sorbitos hojeo el Sud-Ouest. El café es excelente. En portada un eslogan de Sarkozy para la historia: “Volver a dar la palabra al pueblo francés.” Impresionante. Gran foto del presidente con la rubia que le entrevistó anoche en exclusiva mundial para la televisión y una perogrullada bien destacada: “Sí, soy candidato a la elección presidencial.” Como si aún quedara algún francés que no lo supiera. Y luego, otra frasecita: “El próximo quinquenio no será como el primero”. Desde luego que no, me digo. Sobre todo si aciertan las encuestas y Sarko pierde. Anoche las televisiones galas humeaban con la noticia. Encuentro todo esto un poco surrealista.

Me traslado unos metros y curso la preceptiva visita a la librería de la Virgin. Me lo tomo con calma. Hace frío en la calle y aquí se está caliente. Paso un buen rato en la sección de papelería. Qué cosas tan bonitas hace esta gente con el papel y los objetos de escritorio. Tengo mucha pereza de leer en francés, así que no compro nada. Tampoco tengo ganas de comprar nada, por otra parte. Obervo que el autor español más traducido en Francia es… ¡Lucía Echeverría! Me lo temía, pero ello no quita para quedarme como anonadado. Ya se ve que hasta en Francia la gente lee cualquier cosa, lo primero que le venden los mercaderes de la literatura.

Cuando empiezo a tener síntomas de mareo salgo a la calle para airearme. Me han cambiado la pastilla para la hipertensión y aún no me he acostumbrado así que ando un poco zombi. Esta parte de Bayona es húmeda y fría y la animación callejera es más bien escasa. Tampoco veo nada interesante entre el sector femenino (ni entre el masculino), así que vuelvo al coche para regresar a la Sous-Prefecture. Antes les dejo unas migas a los gorriones al pie de un árbol.

Ahora sí, todo marcha como la seda. En cinco minutos resuelvo la gestión.

Vuelvo a jurarme que la próxima vez que algún hijoputa me robe la cartera tendrá serios problemas como no lo haga bien, tan bien, por lo menos, como los moros que me atracaron en la autopista.

viernes 17 de febrero de 2012

miércoles 15 de febrero de 2012

Pan de chocolate y naranja

Elisabetta Canalis: “No me perdonan que sea feliz con George.”

Bastante lluvia esta mañana. Por fin, el termómetro ha subido hasta los seis grados. Ya estaba cansado del frío. El frío me agota. Me acuerdo de Valladolid, y eso que entonces era joven. Terminé harto del frío y de los sabañones.

Pese a la lluvia, he ido a la ciudad en el tren. Después de visitar la biblioteca y abastecerme de narrativa he ido a tomar un café con leche. Hoy tenía ganas de narrativa. Creo que estoy saturado de ensayos. Cuando me disponía a comer mi barrita proteínica, una monja se ha sentado en mi mesa, justo en frente. La monja, después de santiguarse se ha comido un pastel. Con gula. Yo me he enfrascado en Vieja escuela, de Tobías Wolf. Cuando retiraba este libro del estante me he fijado en la gran cantidad de novelistas que se apellidan Wolf. He intentado pensar algo gracioso con la cita de Hobbes pero no se me ha ocurrido nada.

No me he entretenido en la cafetería porque una pedorra madura le estaba contando a una amiga lo ideal que habían sido sus viajes (Roma, París, Lisboa…) No hacía más que soltar tópicos al alcance de cualquiera con una guía turística en la mano y me impedía concentrarme.

En un paseo me he plantado en mi despacho de loterías predilecto en un extremo del Bulevar. Pertenece a una pareja de viejecillos encantadores. Siempre que visito la ciudad vengo aquí. No me ha tocado nada pero me he ganado una agradable sonrisa de la mujer. El marido sufría a uno de esos pesados que por comprar un paquete de cigarrillos se creen con derecho a largarte su vida por capítulos.

De vuelta he comprado un pan de molde de naranja y chocolate para los desayunos. Hay una dependiente de mediana edad, rubia, con unas tetas enhiestas y suculentas. No he podido -ni querido- evitar lanzarle miradas voraces mientras esperaba mi turno. Ella hablaba sin parar con su compañera y con otras clientas.

Al salir he parado un momento en el escaparate de una librería. Una señora con un gorro redondeado ha salido de un portal y casi se choca con un hombrecillo que pasaba. Ella le ha dicho algo y el hombrecillo, con muy malas pulgas, le ha ordenado que se callara. Mientras caminaba he cavilado que el señor tenía razón, según la normativa de tráfico en vigor: no se puede salir a la calle sin mirar. Una cosa está clara: hay mucha crispación.

Por último he entrado en una tienda para comprarle a Greta su regalo de cumpleaños, una cafetera a la moda, es decir, de esas que anuncia el actor Clooney. En cuanto he puesto un pie dentro del establecimiento me ha abordado una mujerona joven y me ha recitado la lección sobre modelos de cafeteras con cápsulas. A continuación, cuando ya me he decidido, ella ha procedido a venderme las cápsulas. Me he llevado también uno de los muestrarios coloreados. Todo carísimo aunque muy sofisticado e hiperdiseñado. Los inventores del negocio deben ser italianos. La mujer me ha vendido también una tarjeta del club de cafeteras. Ahora para todo es conveniente disponer de una tarjeta. Durante los 10 o 15 minutos que ha durado la operación ha entrado un montón de gente para comprar las cápsulas coloreadas. Casi toda tenía pinta de plebe venida a más. La plebe, en cuanto junta unos euros, se tira como loca a consumir y a darse tono.

He salido con un paquetón colgado de cada brazo. Como no podía hacer otra cosa con semejante carga he ido hasta la estación. Todo el mundo me miraba los paquetes. Es lo que tiene la provincia, que miran como posesos. En el vagón he buscado un asiento apartado y me he acomodado de mala manera. El paraguas se me caía cada rato. Me he sumergido en el Wolf. En la segunda parada, con medio vagón libre a mis espaldas, se ha sentado una señora a mi lado. He tenido que apretarme aún más. La señora llevaba una colonia asquerosa que me ha proporcionado un dolor de cabeza ligero pero insidioso. He llegado a casa con un hambre de lobo.



jueves 2 de febrero de 2012

El tremendismo de "La lluvia amarilla"

Llamazares en Ainielle, escenario de La lluvia amarilla (Foto: Heraldo.es)

Es habitual entre los escritores jóvenes la voluntad de matar al padre intelectual o artístico. Es este asunto asumido por el público a nada que la afición lectora le haya conducido a estudiar los intríngulis de la literatura. Matar al padre y, en muchas ocasiones, exaltar al abuelo.

Uno de los padres (o abuelos) que más rechazo ha despertado entre sus hijos (o nietos) literarios es Camilo José Cela. Hay que reconocer que el Nóbel no caía demasiado bien entre sus contemporáneos. En estos pagos el humor no goza de buenos exégetas. Mucho menos el humor negro. Véase el caso de Julio Llamazares en este artículo.

Sin embargo la influencia que Cela ha ejercido sobre Llamazares, mal que le pese a éste, resulta palmaria para cualquier lector atento. Esto no debería ser un problema, es algo normal en literatura y en arte. Nadie nace de la nada y toda obra tiene precedentes, fuentes e influencias.

Cuando leí El río del olvido inmediatamente pensé en el Viaje a la Alcarria. Ahora he terminado La lluvia amarilla (1988) y he pensado en La familia de Pascual Duarte (1942), libro del que ya ni me acuerdo, pues lo leí cuando estudiaba COU y de eso hace ya algún tiempo. Pero si me acuerdo del tremendismo que ignoro si lo inventó Cela pero, al menos, se sirvió de él en plato grande como era propio en su enorme personalidad.

Estuve a punto de abandonar la lectura de La lluvia amarilla en la página cuarenta, y así lo hice, pero unas semanas después volví a tropezar con un estado de ánimo autopunitivo y retomé la lectura. Nunca lo hiciera. Mi gusto por lo tétrico, por lo negro, por lo espantoso no había mejorado.

El caso es que este libro, según leo en un papel, ha constituido un “fenómeno social” –cualquier cosa que esto sea- en torno a los pueblos abandonados –de los que sólo en la provincia de Huesca hay más de 300- y del pueblecito protagonista de la novela Ainielle en particular.

De poco sirvió que el autor declarara que cuando decidió ubicar la acción en Ainielle ya tenía escrita la mitad de la obra. Al público le gustan los mitos y Ainielle se convirtió en uno de los pueblos abandonados más visitados. Algunos padres incluso lo utilizaron para bautizar a sus hijas.

Ainielle tiene memoria, documental

sábado 21 de enero de 2012

Hockney, la alegría


Con ipad o sin él, con la última tecnología o con la más tradicional, de nuevo me alcanza el buen gusto de Hockney, su alegría, su colorido. Ver estas últimas piezas que expone en Londres me alegra la mañana, tan gris por otra parte. Cada vez le pido menos cosas al arte. Una de ellas, quizá la más importante, es que me alegre el día. Ya casi le llamo arte a cualquier cosa que me transmita un poco de alegría. Ya casi rechazo todo aquello que no lo hace y, desde luego, no lo llamo arte en ningún caso.
Después de treinta años en California el pintor regresa a su Inglaterra natal. Del eterno verano pasa a los cielos grises; de la estación única a los cambios estacionales y a la constante variación de la luz. Pero al final lo que cuenta es la mirada del artista, su sentimiento propio.

Un artista contundente y explosivo


miércoles 4 de enero de 2012

"Schopenhauer. Vida del filósofo pesimista", de Luis Fernando Moreno Claros


“Una resignación completa es lo único que nos redime.” Arthur Schopenhauer, el hombre que escribió está sentencia, nunca fue un resignado. De haberlo sido jamás hubiera llegado a ser el filósofo que cambió el rumbo de la filosofía, el hombre que enseñó al mundo la verdad o, al menos, su verdad. Hijo de un rico comerciante su padre hizo todo lo que estaba en su mano para que continuara el próspero negocio familiar, pero el joven Arthur mostraba más inclinación por el estudio y el conocimiento que por los negocios de importación y exportación. La prematura muerte de su progenitor (tal vez un suicidio) le permitió acceder a los estudios universitarios.

Entre la niñez y la adolescencia aprendió el francés y el inglés, además del alemán materno. Durante su juventud se hizo con el latín, el griego y, más adelante con el italiano y el español. Durante su primer año en la universidad se dedicó a las ciencias, con el objetivo de estudiar medicina, pero la lectura de Platón y la de Kant –sus dos grandes amores intelectuales junto con los Upsanidash- le inclinaron por la filosofía.

Schopenhauer, que viajó por Europa en compañía de sus padres en plena juventud, siempre se mostró agradecido a su padre por haberle transmitido una fortuna que le permitió vivir con independencia durante toda su vida. Por el contrario, las relaciones con su madre, la escritora Joanna Schopenhauer, siempre fueron conflictivas hasta el punto de que dejaron de verse y de hablarse cuando el filósofo tenía 33 años. Arthur achacaba su misoginia y su aversión al matrimonio a la personalidad de su progenitora.

A diferencia de su primogénito Johanna fue una mujer muy sociable que, tras su viudedad, se instaló en Weimar, ciudad en la que abrió un salón al que acudía la intelectualidad europea de la época con Goethe a la cabeza. Fue autora de varios libros de viajes y de novelas que tuvieron un éxito considerable. Su hijo, por el contrario obtuvo un rotundo fracaso cuando, a los 30 años publicó la primera parte de El mundo como voluntad y representación. Esta circunstancia, junto al ninguneo de que fue objeto por parte de sus alumnos en la universidad no contribuyó a mejorar su sociabilidad ni a atenuar su altivez y arrogancia. Pese a ello nunca se dio por vencido pues estaba convencido de su propia genialidad y de la importancia de su obra. Creía haber desentrañado, y puede que lo lograra, el enigma de la existencia.

Aunque tuvo varias amantes a lo largo de su vida y en alguna ocasión estuvo a punto de contraer matrimonio, Schopenhauer fue un solitario que vivió, en compañía de sus perrillos de lanas, entregado a su obra. Gran amante de la música (Mozart y Beethoven), pero sobre todo de Rossini y la ópera.

En este libro de Luis Fernando Moreno Claros se incluyen varios esbozos sobre la filosofía del gran pesimista pero su objetivo es más biográfico que filosófico. El interés de Schopenhauer por la cultura española queda reflejado en su traducción del Oráculo manual de Gracián. Estudió también a Cervantes, el teatro de Calderón y el de Lope de Vega, la obra de Mateo Alemán, la de Juan Huarte de San Juan e incluso la de Larra.

Durante los últimos años de su vida, tras instalarse en Francfort, donde llevaba una vida sedentaria, su obra empezó a ser reconocida y fueron muchas las personas que acudieron a visitarle. Durante toda su existencia detestó el academicismo y la jerga filosófica de la época, de la que el filósofo Hegel era su máximo representante. Calificó a este de “falso y huero”, en definitiva, “un soplagaitas”.

Tras publicar su obra principal profetizó que su libro daría pie a otros cien más. El pronóstico se quedó corto.


Arthur Schopenhauer web

jueves 15 de diciembre de 2011

Un método peligroso, de David Cronenberg

 

Dice el crítico Carlos Boyero que esta película le ha resultado “perturbadora”. A mi lo único que me ha perturbado de esta pieza –y tampoco demasiado- eran los suaves y placenteros ronquidos de un señor situado al otro lado del pasillo, en compañía de su esposa. También me ha sorprendido el precio de la entrada, 7,20 euros, que viene a ser lo que cuesta un libro de bolsillo en los países llamados cultos.

Un método peligroso ofrece poco más de lo que puede obtenerse durante una corta visita a la Wikipedia en sus apartados de psicoanálisis, Sigmund Freud y C.G. Jung, entre otros.

Sin duda es una película correcta, bien llevada, aunque ligeramente aburrida (debe recordarse que está basada en una obra de teatro) y bien interpretada. Gracias a ella nos enteramos de que el señor Jung era de origen protestante, estaba casado con una señora de posibles, vivía en una excelente casa edificada a orillas de un lago suizo y daba rienda suelta a su sadismo en perfecta sincronización con su amante masoquista.

El señor Freud, por el contrario, de origen judío (como la mayor parte del grupo psicoanalista de Viena), queda retratado como un tipo más bien hosco y resentido, ligeramente agobiado por el mantenimiento de su pequeño apartamento y de su prole de seis hijos. El fundador del psicoanálisis, del que se sugiere tiene una vida sexual más bien pobre, se muestra como alguien muy celoso de mantener el principio de autoridad, es decir, su principio de autoridad.

Al cabo de algunos años de relación entre maestro y discípulo no tardan en surgir discrepancias insalvables, habida cuenta de que para Freud la “cuestión sexual” está detrás de todas las enfermedades psíquicas mientras que el esotérico suizo considera que este concepto es demasiado restringido y muestra un gran interés en asuntos como la parasicología, los mitos, las culturas antiguas…

Con el tiempo cada uno de ellos seguirá su propio camino hasta que los nazis ocupan Viena y el doctor Freud se ve obligado a abandonar su encantador y barroco gabinete vienés para dirigirse a Londres y salvar así su vida.

Se nos cuenta también que el doctor Jung, pese a sus reticencias iniciales, institucionaliza en su vida la figura de la amante y continúa su espectacular creatividad intelectual a través de un sinfín de publicaciones y de viajes de investigación.

Hay un tercer personaje que aparece fugazmente y cuya presencia perturba considerablemente al señor Jung. Se trata de Otto Gross, un psiquiatra anarquista austríaco, libertino en sus prácticas sexuales, probablemente drogadicto y que, al parecer, se murió de hambre. Este hombre está considerado como uno de los pilares de la llamada contracultura.

También merece destacarse a la primera amante de Jung, Sabina Spielrein, judía rusa que también dedicó su vida a la medicina e investigación siquiátricas. Esta mujer fue fusilada por los nazis, junto a su hijo, en 1942. El papel es interpretado, con gran fortuna, por la bella y famélica Keira Knightley.

Este tipo de obras biográficas tiene difícil encaje en el cine comercial pues el riesgo de caer en la superficialidad es importante. Hay varios documentales, probablemente más interesantes que esta obra, que se ocupan de los primeros tiempos del psicoanálisis, pero el acceso a los mismos es todavía muy complicado. Sin duda para ahorrarnos el trabajo la industria del cine prefiere este tipo de pildoritas, bastante inocuas, al fin y al cabo, aunque a algunos críticos hipersensibles les perturben.

jueves 8 de diciembre de 2011

"Un hombre solo", de Tom Ford


En Un hombre solo, la primera y última película del diseñador Tom Ford, asistimos a la jornada de un hombre que ha decidido suicidarse. No consigue superar la muerte en accidente de tráfico del gran amor de su vida. George (espléndido Colin Firth) tiene 52 años, es atractivo, disfruta de una casa preciosa en Los Angeles y de un trabajo agradable como profesor de literatura en la universidad. Sin embargo, decide cumplir con sus obligaciones cotidianas antes de hacerlo. Como cada día se arregla escrupulosamente antes de abandonar su hogar y deposita en su maletín un viejo revolver pues debe pasar por la armería para comprar munición.

En su coche escucha las noticias relacionadas con la crisis de los misiles en Cuba. Todos están pendientes de lo que vaya a ocurrir, todos temen un conflicto nuclear con los soviéticos. Tras la que va a ser su última clase –en la que ha explicado a sus alumnos que la manipulación del miedo está detrás de la política del momento- uno de sus jóvenes alumnos le aborda pues se encuentra totalmente desorientado respecto a su propia vida.

Una vez que ha adquirido la munición para su arma se dirige al banco donde deja en orden sus asuntos. A partir de ese momento la vida empieza a ofrecerle una serie de encuentros inesperados, como si no tuviera intención de dejarle partir. Ha recibido también la llamada de su mejor amiga, con la que tuvo una relación juvenil antes de ser consciente de su homosexualidad, y ha quedado con ella para cenar.

A media tarde dispone el escenario con gran meticulosidad. Saca su traje preferido y lo pliega cuidadosamente junto a la camisa y la corbata. En una nota especifica incluso el tipo de lazo de corbata que desea: George es un dandy. Sin embargo, en una escena de sorprendente humor, no consigue su objetivo y, en vista de ello, pospone su decisión y se va a casa de su amiga (Julianne Moore en uno de sus papeles más dramáticos).

La amiga, inglesa como él, también se encuentra sola. Está divorciada y su hijo ha abandonado el hogar para vivir su vida. Anclada en sus recuerdos juveniles no pierde la esperanza de reanudar su relación con George, pero éste sabe que sólo se enamora de hombres y es incapaz de dejar a un lado sus sentimientos.

Cuando se dirige a su casa vuelve a encontrarse con el joven alumno, que anda tras sus pasos. George se da cuenta de que la desorientación del estudiante es idéntica a la que padeció el mismo en su juventud. Beben unas cervezas y se dan un baño en la playa. George se siente reconfortado consigo mismo tras su encuentro con el joven.

Esta es una película sobre sentimientos realizada con inesperada maestría. Es curioso que un hombre como Ford, que se dedica a la moda, firme una película que podría decirse está pasada de moda pues ya no abundan los diálogos extensos, los ritmos pausados, los primeros planos ni el intimismo.

Las fotos

Ficha técnica

sábado 3 de diciembre de 2011

La niebla



La niebla. La ceguera. El paisaje desaparece. Y con él el mundo. ¿Hay algo detrás? Terminaríamos por dudarlo si la niebla se prolongara en el tiempo.


Viene, se desliza, lo anega todo e inicia una retirada tranquila. La protectora certeza del sol que ha dejado atrás la noche oscura y presta un gris opaco a la mañana. Poco a poco se impone, como un gran foco alógeno. ¿Y si esto durara, si fueran días y semanas, meses? Haríamos del sol nuestro Dios escondido.

Cuando desaparece irrumpe todo de nuevo como una imagen hiperrealista. Los ojos parpadean deslumbrados, enojados por ver interrumpido su descanso.








Bahía de Chingudi, 29.11.2011

jueves 1 de diciembre de 2011

Hombre rico, hombre pobre



La principal diferencia biográfica entre Andre Gide y Roland Barthes es que el primero fue rico y el segundo no. Esta circunstancia y un raro coraje le permitió a Gide tomarse su propia libertad sin restricciones mientras que Barthes hubo de ser más precavido, tanto en su vida como en su obra.

Gide, tras su viaje a la Unión Soviética en 1936, tuvo los arrestos suficientes para criticar el estalinismo (algo de lo que ni siquiera hoy muchos son capaces) y ganarse la enemistad activa de buena parte de los intelectuales europeos, españoles incluidos. El escritor, ciertamente, ya había tenido la oportunidad de curtirse cuando, en 1924 hizo pública su homosexualidad, incluso su pederastia, a través de Corydon, uno de los libros más escandalosos del siglo a juzgar por las reacciones, entre las que destaca la condena de su obra por la iglesia católica. En esta línea cabe destacar también su crítica del colonialismo francés en Viaje al Congo, donde permaneció más de un año, en compañía de su joven amante, por encargo del gobierno de su país.

Roland Barthes coqueteó en su juventud con el troskismo, fue deslumbrado por el marxista Brech y colaboró en Tel Quel, revista de los años sesenta que derivó del prosovietismo al maoismo. El semiólogo también realizó su viaje iniciático a un país comunista, China en este caso. Se aburrió soberanamente. A su regreso publicó un artículo en Le Monde en el que, en efecto, señaló que en la China maoísta todo era muy aburrido y carente de sensualidad. El mayo del 68 le cogió en la universidad pero no hubo forma de que se echara a la calle ni de que se implicara. El asunto le pareció que pintaba muy pequeño burgués, una clase hacia la que Barthes manifestaba escasa simpatía. Más adelante, en su peculiar autobiografía, se mostró partidario de las “posiciones tibias en política”.

Lo que nunca hizo Barthes fue salir del armario respecto a su homosexualidad. Vivió toda su vida con su querida y luterana madre; no quiso darle semejante disgusto y siempre temió que ella se enterara.

Esta nota ha sido elaborada tras la lectura del ameno y divulgativo Gide/Barthes, cuaderno de niebla del ensayista J. Benito Fernández, que acaba de publicarse. Benito es también autor de sendas biografías sobre los poetas Eduardo Haro Ibars y Leopoldo María Panero, malditos oficiales de la modernidad.

Estas vidas paralelas y francesas están muy bien traídas aunque en un par de ocasiones haya caído el autor en la corrección política. Una de ellas se refiere a la revolución de 1934, a la que califica como “revuelta de Asturias”. Varios miles de muertos y la proclamación por parte de Companys de la independencia de Cataluña tienen mal encaje en una tibia “revuelta”.


Una web sobre Gide y su época

martes 29 de noviembre de 2011

Paseo vespertino


Tarde aburridilla en la ciudad. En el tren, junto a una lozana joven que devora su teléfono móvil. A la derecha, una mujer madura; altas botas negras, inquietante aleteo de manos, y una dicción que me hace sentirla como desnuda (de espíritu): el cuerpo lo lleva embutido en un abrigo oscuro; a ratos se pone unas gafas negras. Me río, discretamente, con las aventuras de Lázaro de Tormes. Cuánto debió disfrutar el autor.

Por el centro. Hermosos contraluces entre calles hacia la bahía; sol rico pero frío.

Captura de signos para amenizar la tarde. Pancarta en la fachada de la Diputación. Me barrunto que la neoclásica fachada del palacio foral va a ser un marco incomparable para el pancarteo que se avecina.Siempre por nobles causas, naturalmente.


O ese otro cartel, a vueltas con los alemanes desde que el sr. Arzalluz -en una de sus más arriesgadas metáforas- proclamara su “sensibilidad política” respecto a los germanos aquerenciados al dulce sol de Mallorca. Ahora la propuesta es jubilarse como alemanes, con permiso de la señora Merkell.



En la bilioteca, un Handke; apuntes de viajes. Enseguida me aburro. Desorden, imprecisión, oscuridad. Siempre termina por cansarme. No será por intentos.



En fin, siempre nos quedará Einstein, que ya ha descendido hasta los fragantes escaparates de las perfumerías. ¿Será apócrifo? Einstein tiene las horas contadas.

domingo 27 de noviembre de 2011

En el CAC de Málaga


Tres detalles muy agradables del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga:

1. La entrada es gratuita. Compárese con los 8 euros que cuesta la entrada en el museo Picasso de la misma ciudad. Yo no soy partidario de la gratuidad del arte y de la cultura, pero de lo gratis al abuso hay un buen trecho.

2. Permiten hacer fotografías. En el Picasso, como en la mayor parte de los museos que conozco, están prohibidas; y, además, los vigilantes de sala –una costumbre cada vez más extendida- te informan preventivamente, cada cinco minutos, de que no puedes acercarte a las obras colgadas.

3. En la entrada hay un gran retrato en solidaridad con Ai Weiwei, artista chino encarcelado y represaliado por el régimen comunista.

El resto forma parte de la sensación de banalidad, superficialidad y sobreestimación que, a estas alturas de mi existencia, me produce buena parte del arte contemporáneo. Pese a ello no pierdo la esperanza de encontrar algo estimable y, a veces, lo consigo.

Tenía curiosidad por la exposición del fotógrafo alemán Thomas Ruff; aprecio sus sencillos y nítidos retratos de gente común y algunos de sus paisajes. Sin embargo lo que veo me deja frío. Se trata de dos series: una con imágenes de estrellas y otra de paisajes de Marte. Todas ellas en enormes formatos. Ha manipulado fotografías obtenidas por la NASA y por observatorios astronómicos convirtiéndolas en paisajes abstractos. Por descontado, la base conceptual de estos experimentos debe ser muy sólida pero, a efectos emotivos el resultado es nulo. Las estrellas y el planeta marciano me quedan demasiado lejos.

La coleccionista Carmen Riera o, dicho de otra forma, la escritora catalana Carme Riera, ha cedido por cinco años parte de su colección de arte contemporáneo. Los artistas incluidos gozan de renombre mediático sólo que a mí ya no me cabe un Warhol más en el cuerpo.

Dos pequeñas esculturas de Louise Bourgeois encerradas en vitrinas y recubiertas con tela. La titulada Madre e hijo presenta a una mujer tumbada y desnuda, sin extremidades y amorfa, con un bebé sobre ella. La otra, Mujer de pie, es también un desnudo femenino y sin brazos. La parte conceptual de estas obras (la mutilación femenina) me resulta demasiado obvia.

En la librería adquiero un libro sobre Fassbinder y, a continuación, me paseo hasta la otra punta del centro urbano a la búsqueda de más librerías. Estoy a punto de adquirir lo último de Peter Handke, un libro de anotaciones breves, pero desisto porque éste es un autor en el que ya he tropezado demasiadas veces, así que prefiero tomarlo en préstamo el día, ya próximo, en que me levanten la "inhabilitación" en mi centro cultural favorito.

 Louise Bourgeois, Mujer de pie

 L.B., Madre e hijo

 Thomas Ruff, Pruebas nucleares francesas

viernes 25 de noviembre de 2011

Desayuno en los limos


Niebla y bajamar, interesante combinación mañanera en la bahía; las marismas al descubierto y una multitud de aves marinas disfrutando de un buen desayuno. Les acompañan los cuatro o cinco depredadores bípedos habituales armados con sus tubos aspiradores, sus botas de goma y sus cubos de fregar. Si en la otra orilla está prohibido el marisqueo por la contaminación cómo se entiende que, a escasos metros, se permita. ¿Se los comerán ellos mismos –ojalá- o pondrán las almejas mercuriales en el mercado? Eso, ayer; hoy ya había una docena de ellos haciéndole la competencia a la fauna avícola.

Poco a poco la silueta de Fuenterrabía se aclara. El puerto de Caneta aparece casi sin agua, los fondos al descubierto. Frente al aeropuerto los limos están concurridos por gaviotas reidoras, garcetas y dos o tres garzas impasibles que caminan a zancadas y, cada tanto, estiran implacables el largo cuello para capturar alimento. Todas ellas lanzan esporádicos chillidos y arremeten unas contra otras para disputarse los bocados. Entre tanto, el cormarán, siempre distante y altivo sobre una rama podrida, se sacude las alas para secarse y espera paciente a que la niebla se disipe y salga el sol.


 El puerto de Caneta, Hendaya, durante la bajamar

 Garzas disputando

 Fuenterrabía entre la niebla

miércoles 23 de noviembre de 2011

El valle del Adour, Belloc, Labastide



Paseo a primera hora de la tarde por el camino herboso y embarrado que remonta el riachuelo de Urt, entre plátanos centenarios y las aguas tranquilas y oscuras. Luego conduzco valle arriba en dirección a Guiche, situado en un alto, con una misteriosa torre con la cubierta puntiaguda. El valle es muy desahogado, ancho y fértil. El terreno es tan llano que las crecidas del río deben ser temibles.

No me detengo y sigo la ruta hasta que me pierdo en un laberinto de carreteras secundarias. Pregunto a una joven motorista encasquetada pero no me entiende y lo dejo. Opto por desandar lo rodado, circunstancia a la que siempre me resisto pero a la que ya me he resignado. Al fin encuentro el camino hacia el monasterio de Belloc, también situado en un alto. Un lugar idílico y recuidado. Sólo parece accesible la librería. En cuanto entro me acometen una serie de bostezos que no me abandonan hasta que vuelvo al paisaje. Aquí viven los frailes benedictinos; por una carreterita se llega hasta el convento de las monjas. Todo lo que veo me parece mundano y sociable; el famoso, prestigioso, emblemático, acogedor monasterio vasco-francés.

Hago un esfuerzo para superar la desgana que me ha acometido durante esta visita y llego hasta Labastide-Clairence. Es un pueblo en cuesta, sólo que la mitad de la calle principal aparece despanzurrada por obras. Me tomo un buen café en un bar de la plaza que está vacío. En la tele dan rugby. Cuánto tiempo. Veo a un hombre de gruesos muslos, con pantalón corto, que está boca abajo, sin tocar el suelo y rodeado de tipos fornidos que intentan triturarlo. El deporte nacional, según creo. Cojo una calle lateral hacia la iglesia que está en lo más alto. Encuentro un cartel que anuncia un cementerio israelita. Esto se pone interesante.

La iglesia, grandota y ecléctica, alberga un claustro exterior que es un cementerio; el suelo, las paredes, repletas de lápidas labrados de nombres y cifras; profusión de flores, crisantemos de toda la gama. Y otro cementerio al costado. Un conjunto impresionante que se completa con el cementerio judío que al fin aparece. Es un recinto de hierba corta con losas esparcidas irregularmente, algunas rotas; las inscripciones son ilegibles.

Judíos sefarditas expulsados de España y Portugal se instalaron en Bayona y alrededores a finales del siglo XVI. Unas 70 u 80 familias se alojaron en Labastida. Vivieron en una comunidad relativamente autónoma y dispusieron de un cementerio propio, situado junto al camposanto cristiano. Hay un total de 62 inscripciones sobre las tumbas. La más antigua data de 1620 y la última de 1785. La mayoría de los apellidos son españoles y portugueses. El cementerio es propiedad de la comunidad judía de Bayona.

 Puente sobre el Adour

Iglesia de Labastide-Clairence



Cementerio judío de Labastide

Plaza de Labastide

Eguzkilore o flor del sol, símbolo y leyenda

Un monasterio de 1874

La Bastide-Clairence

lunes 21 de noviembre de 2011

En Urt tras el recuerdo de Roland Barthes


Urt es un pueblecito situado sobre el ancho y caudaloso Adour a unos quince kilómetros de Bayona. Desde los años sesenta aquí pasaba sus vacaciones académicas el escritor Roland Barthes, en una casa situada a escasos metros del Ayuntamiento. Su madre la había adquirido tras vender el chalet Etchetoa que poseía por herencia en Hendaya. El chalet Etchetoa, en la playa, es una de las muchas villas que levantó el delicado arquitecto neorregionalista francés E. Durandeau. Pero la avalancha turística pudo más que la belleza de la morada y la familia decidió trasladarse unos kilómetros hacia el interior.

Según el testimonio de Michel Lepoivre, médico de los Barthes, Roland llevaba en Urt una vida tranquila y metódica. Se dedicaba a leer, escribir, pasear, tocar el piano, frecuentar algún café. De vez en cuando se desplazaba en su coche hasta alguna de las ciudades próximas.

Urt está formado por un conjunto de casas de estilo vasco distribuidas a ambos costados de la carretera que la atraviesa. Dispone de una iglesia de extrañas formas irregulares, una gran plaza presidida por un hotel, un bosque comunal y largos paseos tranquilos junto al Adour. Las montañas pirenaicas se atisban en la lejanía y el valle, sometido a la influencia del río, es amplio, despejado y luminoso.

La casa de los Barthes es un edificio cuadrado, de dos plantas, con postigos azules. Un muro blanco la protege de la carretera. En la parte trasera se adivina un jardín cerrado por una profusa vegetación.

El escritor, fallecido en 1980, está enterrado en el cementerio local, junto a su querida madre, Henriette, que había muerto tres años antes. Es quizá la tumba más modesta de un camposanto muy cuidado y ordenado en el que no se advierten pretensiones ni estridencias. Un rectángulo de tierra con una lápida en la que se leen con dificultad los nombres de ambos y sus fechas. Tres pequeños tiestos con ciclámenes constituyen el único adorno, con la salvedad de una línea de piedrecitas, que alguna mano anónima se ha encargado de dibujar y que delimitan el contorno.

La biblioteca de Urt lleva el nombre del escritor. En la entrada se conserva un mural con recortes procedentes del homenaje literario que se le dedicó años atrás.


Urt en la Wiki

La muerte de R.B.


 La casa familiar en Urt

 La tumba de R.B.


 Edificio en Urt
 La alcaldía
 El Adour desde Urt

La iglesia
 Homenaje a los caídos en la Primera Guerra
Casa junto al parque

Aviso