lunes, 18 de febrero de 2008

Bibliómanos

Fin de semana en Burgos que aprovecho para visitar el Salón del Libro Antiguo. Una docena de puestos repartidos en el claustro del monasterio de San Juan, que es un claustro con calefacción. El público parece bastante interesado.

En el segundo puesto un hombre de mediana edad, vestido con un chándal, está dispuesto a pagar ciento veinte euros por una edición del Quijote, en octava. “¿El precio es fijo?”, le pregunta al vendedor. Y luego este eufemismo: “¿No podría quitarle algunas páginas?”. El vendedor dice que ya le ha quitado algunas pero que, bueno, le quitará alguna más. Al final no me entero de cuántas le ha quitado, pero deben ser muy pocas. El comprador, según dice, ya le tenía echado el ojo a la edición, al menos desde ayer.

Tras mi pregunta confiesa que colecciona Quijotes. “¿Y ahí cabe un Quijote?” indago ante el pequeño tamaño del libro. El hombre lo abre un poquito –para que no se despierte mi codicia- y me enseña el raquítico cuerpo del texto. Admirable, me digo. “Y aquí también cabe”, tercia el vendedor exhibiendo una edición con la mitad de las proporciones que la anterior. Y el hombre del chandal, cumplido su objetivo, se escabulle con su tesoro debajo del brazo camino de la puerta.

Al rato tengo a mi lado a un hombre delgado, con un elegante abrigo verde y un rostro que parece un retrato del Greco. El hombre, de mediana edad, ya ha adquirido dos ejemplares encuadernados en piel. El librero le da todo tipo de explicaciones eruditas y el bibliómano le escucha con gran atención. De vez en cuando coge un ejemplar y lo examina con rapidez. Tiene unas manos blancas de largos dedos anillados que manejan el volumen con gran delicadeza y precisión. El rostro del hombre refleja algo de ansiedad. Sin preguntar el precio, adquiere sobre la marcha un ejemplar sobre recetas de cocina que tiene delante. Se interesa también por una biblia en alemán. Finalmente saca una carterita de piel y abona el importe con unos billetes nuevos y planchados.

Más adelante un librero le enseña a una mujer una de las joyas de su negocio. Se trata de un gran libro, a todas luces artesanal, con tapas nacaradas y un cierre sofisticado. “Es un libro dedicado a una mujer”, nos informa el vendedor. En su interior hay cientos de fotografías coloreadas que tienen alrededor de un siglo y, pese a ello, se mantienen perfectamente conservadas. Desde mi puesto de observación atisbo que en las imágenes aparecen un caballero y una dama, ambos elegantes y posando para la posteridad. El librero informa que no hay dos fotos iguales aunque lo parezcan. Todo ello se completa con unas inscripciones manuscritas mediante una caligrafía tendida y dibujada a plumilla.

“¿Cómo se puede vender semejante maravilla?”, balbucea la mujer a la que el librero ha, literalmente, deslumbrado. “Ay, señora”, contesta el orgulloso anticuario, “si yo le contara…”

Me pregunto por las razones que mueven a los bibliómanos. Las razones estéticas son obvias pero estoy seguro de que hay algo más. Tiene que haber algún rasgo en común entre la gente que adquiere libros que probablemente no leerá nunca. Barrunto que la nostalgia del pasado no anda demasido lejos, que se trata de gente que se refugia en sus colecciones para aliviarse un poco de un presente que, por las razones que sean, ha dejado de interesarles.

Bueno, me digo una vez que alcanzo el exterior y respiro el aire vitalizante de la meseta castellana, como especulación no está mal. Y no se me ocurre otra cosa que meterme en la vecina iglesia de San Lesmes, aprovechando que está abierta y hay mucho tráfico en la entrada. Llego en pleno rezo del rosario. Y tengo la sensación de que continúo inmerso en el pasado.