lunes, 2 de junio de 2008

Calas y calcetines


Con un café en un vaso de plástico me siento, al mediodía, en un banco de la calle Getaria de San Sebastián. La mitad de la calle está a la sombra; la otra mitad, al sol. La temperatura es primaveral. Pasa mucha gente. La calle Guetaria es una calle peatonal y comercial. Se escucha el ruido de una obra. Como me gustan mucho las listas he confeccionado una con las personas más interesantes que han pasado por mis ojos durante un cuarto de hora más o menos:

Una mujer rubia, muy bella, el pelo recogido en una coleta, sentada en una silla de ruedas que desplazaba accionando enérgicamente con sus brazos.

Una mujer con un pequeño ramo de flores del que sobresalían unas calas blancas.

Un guardia, de uniforme azul marino, que le ponía una multa a un coche mal aparcado.

Una madre joven, morena de pelo corto, una pizca nerviosa, acompañada de un niña de unos cuatro o cinco años, muy bonita, con síndrome de Down. La niña, que jugaba con un perrito, llevaba una melenita castaña, muy bien cortada, por encima de los hombros. Llevaba también una camisa blanca y un pantalón verde pistacho.

Una mujer anciana, con muletas, acompañada por una cuidadora inmigrante. Un hombre maduro, que pasaba en bicicleta, y tenía la voz un poco amanerada pero muy agradable, le ha saludado y han intercambiado algunas frases. El hombre le ha dicho a la anciana que la encontraba muy guapa.

Varias bicicletas a velocidad excesiva para tratarse de una zona peatonal.

Unas cuantas mujeres ancianas, solas, bien vestidas, con bastones.

Un grupo de cinco jovencitas. Al menos dos de ellas arrastraban las sandalias y/o chancletas.

Dos carritos de bebés, con sendos gemelos, con gorritos de sol y chupetes.

Bastantes hombres hablando por el móvil y gesticulando.

Un coche-grúa del Ayuntamiento.

Luego me he ido de compras. He adquirido unos calcetines y una camisa. Después de probarme la camisa, el encargado me ha dicho que me encontraba “algo despistado”. “Es la falta de costumbre”, le he contestado. Al llegar a casa he descubierto que los calcetines eran tobilleros. ¿A dónde voy, a mi edad, con unos calcetines tobilleros?

7 comentarios:

  1. Comprarse "esos" calcetines y, además, tobilleros debe significar algo. No se si para Freud o para García Calvo (el estilista televisivo). Y no tiene por qué ser malo: ¿una vuelta a la niñez? ¿una necesidad de libertad? ¿o la nostalgia oculta del circo?

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  2. Ah, no, de ninguna manera. No puedo permitir semejante malentendido. "Esos" no son los calcetines que, erróneamente, me compré. Los míos eran negros con una discreta franja gris en el talón.

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  3. Uff, me quitas un peso de encima

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  4. Anónimo3/6/08 10:10

    Tu lista me ha recordado a la de Perec en ‘Tentativa de agotar un lugar parisino’, a mi también me gusta hacer algo parecido, sentarse y escribir las cosas que pasan por delante, si se trabaja luego el orden, puede quedar algo muy curioso.

    Buen día

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  5. Y a mí... Es todo un lujo disponer de un banco (y ya no te digo de un café)en la vía pública para mirar al prójimo que no atreve a mirarte porque siempre el que está inmóvil y sentado tiene ventaja psicológica sobre todo lo demás. Algún día lo volveré a hacer; si puedo, con ese café, o con una caja de bombones a lo Gump, ya veré, según me coja el ánimo, o sea, la edad (jis...).

    Por cierto, en esa calle vivió mi jefe, un ser... ¿cómo diría...? Bueno, mejor no lo digo, que siga descansando en paz, que nosotros también después de todo.

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  6. Olvido. Puede que tenga algo que ver el tal Perec. Creo que el sábado leí un artículo de Vila-Matas en que se citaba este libro. La fórmula me parece muy interesante y aprovechable.

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  7. Mertxe. Se cuenta que Azorín tenía la costumbre de sentarse en alguna boca de metro para ver a la multitud. Yo Cuando voy a la cciudad suelo sentarne a tomar café en ese banco.

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