He vuelto a ver El cónsul de Sodoma, el biopic del poeta Jaime Gil de Biedma. Apenas la recordaba. En su día, hacia el 2009, la película de Sigfrid Monleón –inspirada en el ensayo biográfico de Miguel Dalmau–, causó un gran escándalo entre los amigos del poeta. Juan Marsé debió poner el grito en el cielo. Vista ahora, no hay para tanto. A mí me ha gustado. La interpretación de Jordi Moyá es antológica. Es el alma de la obra. La lectura de algunos poemas de Gil de Biedma, en la voz de Moyá, intercalados en varias escenas es un gran acierto. Hace ya 36 años que murió el poeta, a la edad de 60 años, y su poesía sigue interesando. Por lo menos a mí. Esta buena película me ha servido, además, para volver a la lectura de sus versos.
"Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
–envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro."
Y, sin embargo, ahí sigue el cónsul de Sodoma.
Menores no, gracias (y mayores tampoco)
Junts y PNV, socios imprescindibles del sanchismo y, en consecuencia, coautores de sus políticas migratorias, se han apresurado a pedirle al inquilino estacional de La Mareta que no les envíe menores marroquíes (ni mayores) de los que se han quedado en Ceuta tras la visita multitudinaria. “Estamos saturados y, además, se pasan el día entrando y saliendo de los juzgados”, han alegado. “No hay problema, socios –ha respondido el amigo y valedor de Abalos– ya los mandaré a alguna autonomía del PP.”

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