Mostrando entradas con la etiqueta Hendaya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hendaya. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de octubre de 2024

Tiempos de destrucción


Deshabitada durante años,

he visto cómo la arruinaban día a día.

Debe ser de los años veinte,

quizá anterior. Es una de las villas

más hermosas de Hendaya.

Cuando los bárbaros juveniles intentaron

apoderarse de ella, los ignotos

propietarios tapiaron puertas y ventanas.

Luego llegaron los niñatos

y la pintarrajearon.

Pero aún conservaba su belleza,

cada vez más distante y ajada.


Todos los días paso a su lado,

hasta la fatídica mañana de hoy,

29 de octubre de 2024.

Otoñea el majestuoso roble que la escolta

desde una esquina de la finca;

sus ramas se inclinan sobre la carretera.

Hoy han comenzado a derribarla.


Era cuestión de tiempo: primero

la abandonan y luego la derriban.

Me pregunto qué pasará con el roble

y con el resto del arbolado.

Supongo que correrá la misma suerte

que la casa. Es una parcela

muy codiciada y nada bello debe

quedar en pie. Tiempo de destrucción,

impuestos y plusvalías.


 

martes, 16 de abril de 2024

Día primaveral

Dan pereza, pero estos días de frío, viento y llovizna son excelentes para fotografiar. Uno cree, como Baroja, que a pleno sol no se puede pintar porque el exceso de luz aplasta los colores. La primavera, a orillas del Cantábrico, es en muchas ocasiones una mera prolongación del invierno. Otros, por el contrario, es un anticipo del verano. Si eres un poco maniático con la ropa –lo que no es mi caso– te puedes volver loco con el qué me pongo.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Primera bandada


27 de septiembre. Veo la primera bandada migratoria de la temporada. Apenas una decena de ejemplares, creo que de espátulas, rumbo al sur. Han sobrevolado la playa y volado un rato desorientadas. Luego las he perdido de vista.

Al llegar a casa escucho también los primeros disparos de cazadores de la temporada. Toda la emoción que me proporciona el paso migratorio, el ciclo de la naturaleza y de la vida, se desmorona ante los disparos de los cazadores. La civilización avanza muy despacio. Si es que no retrocede.

Fotografía de De Frank Vassen (Wikipedia).



viernes, 4 de agosto de 2023

Un clásico del verano

Ha llovido en Hendaya durante toda la noche y buena parte de la mañana. Al mediodía he salido a estirar las piernas, protegido por un chubasquero y un paraguas; la cámara de fotos en el bolsillo. No sé dónde se han metido los millones de turistas que nos visitan durante el verano. Ni siquiera veo demasiado movimiento de coches. Cuando llueve a los turistas se dedican a pasear en sus vehículos.

Durante todo el trayecto no he abierto el paraguas. Como dijo Robert Walser, los paraguas alejan el mal tiempo. Hay muchos charcos y pocos paseantes, una combinación perfecta. En la explanada, junto a la bahía, sólo he visto a una aguerrida pareja que jugaba con sus dos retoños. Poco a poco se han abierto algunos claros en el cielo y hasta el sol se ha dejado ver tímidamente.

Como de costumbre, he bordeado el mar con la esperanza de ver embarcaciones en movimiento, pero el tráfico marítimo en la desembocadura del Bidasoa era inexistente. Tan sólo algunos surferos se movían entre las olas. La poderosa bajamar dejaba al descubierto bancales de arena que habitualmente permanecen ocultos. A falta de veleros me he conformado con observar las evoluciones de los surferos. Luego me he dado media vuelta rumbo a cada.

Al llegar Greta me ha contado que el hipermercado estaba abarrotado, desvelando así dónde se habían metido los millones de turistas habituales: un clásico de los días son playa.


Flores sobre la bahía de Chingudy
Más flores
Charcos con paisaje moderno
Jóvenes disfrutando de un paseo marítimo
Las higueras nacen donde se les antoja
Hay gente que nunca se desanima
Qué hermosa floración
Los chacos también son para el verano
A los surferos la playa se les ha quedado pequeña

domingo, 22 de enero de 2023

La desgana del petirrojo


El temporal concede una breve tregua, pero ¡qué frío hace! Evito las zonas ventosas. Tan sólo me asomo a la desembocadura del Bidasoa para contemplar las primeras nieves que cubren las Peñas de Aya. Llevo una bolsita en el bolsillo con las migas que he recolectado esta mañana. Las esparzo debajo de un árbol y, al instante aterrizan media docena de gorriones. Baja también un petirrojo, pero, frente a la alegre vivacidad de los gorriones, está como atontado y no parece gustarle el pan. En las aguas del puerto se ven flotar los restos del temporal. Cuando escucho la primera tronada, calculo que es la hora de regresar. Me vuelvo para contemplar la oscuridad que se cierne a mi espalda. Al pasar junto al parkin de La Florida, donde han acampado lo que aquí llaman las “gentes del viaje”, veo un perro encadenado junto a una de las caravanas. Es un viejo setter. Le hago unas caricias, pobrecillo, y él mueve sus cuartos traseros agradecido. En cuanto llego a mi vehículo empieza a granizar. Pienso en el perro a la intemperie.


miércoles, 18 de enero de 2023

Un suspiro de arco iris

Ha llovido toda la mañana. Cuando salgo a dar un paseo, escampa. Asoma sobre el mar un fragmento de arco iris. Luego aparece tímidamente el arco completo. Sin embargo, en un suspiro, desaparece. De inmediato, vuelve a llover, y ya no amaina hasta que regreso a casa. Bajo la lluvia, un gorrioncillo, que rebusca junto a un restaurante, da varios saltos a mi paso. Lástima no llevar unas migas de pan. Luego, en el puerto deportivo, una gaviota flota impasible bajo la lluvia.




sábado, 17 de diciembre de 2022

El esplendor del ginkgo

 


Cuanto más oscuro está el día, más reluce el delicioso oro viejo del aún joven ginkgo que plantaron en la rotonda, junto a la estación de Las Gemelas. Los otros dos ejemplares jóvenes que hay en la rotonda de abajo, en la route de Behobie, hace ya varios días, incluso semanas, que alcanzaron semejante efímero esplendor.
Esta mañana los astros se han conjuntado y por fin he conseguido detenerme a fotografiarlo. Había esa luz escasa, apagada que tan bien les sienta. Pero creo que las fotos no le hacen justicia. Al menos lo he intentado. Haría falta un Van Gogh para plasmar toda su belleza.
El esplendor durará unos pocos días, tal vez horas si viene alguna de las borrascas habituales al final del otoño. Hoy el mal tiempo ha calmado un poco el tráfico, he podido aparcar cómodamente, he tirado las fotos, me he deleitado un rato, y luego he seguido mi camino hacia la playa, para asomarme al mar y empezar un breve paseo.

martes, 29 de noviembre de 2022

Los colores otoñales preludian el invierno



Llueve, sopla el viento de poniente, el aire se ha enfriado. El ciclo se cierra y las hojas otoñales tapizan el suelo. Irrumpe el invierno pues, en estos pagos, sólo hay dos estaciones: el verano y el invierno, más o menos aparatoso pero invierno al fin; medio año para cada una.

Hoy toca paseo, aunque antes dedico un rato a la fotografía. Pronto no quedará rastro del colorido otoñal. Por los jardines de Pierre Loti bajo hasta el camino de la bahía. En los jardines hay una tienda de campaña y diversos enseres a su alrededor. Paso de puntilla para no molestar o, tal vez, para que no me molesten.

En el camino despliego el paraguas y, de vez en cuando, aprovecho que la bajamar ha dejado al descubierto los fondos lodosos –donde se alimentan multitud de aves– para seguir con las fotos. El viento complica aún más la operación. Aprendo a manejar el móvil con una mano, como si fuera un adolescente. Pero sólo lo consigo a medias.

Apenas me cruzo con nadie: algún paseante que desafía la inclemencia y los sufridos propietarios de perros que no pueden descuidar a sus mascotas, aunque algunos lo hagan, como ese perro que ha bajado a los limos, corre alocado de un lado a otro y espanta y molesta a las aves.

Aun estoy lejos de haber recuperado mi forma física. Tengo que hacer paradas para reponerme. Esto va para largo y tengo claro que ya no podré caminar con la desenvoltura anterior a mi operación vascular. Ahora voy más despacio y esto, que parece un inconveniente –y lo es–, me permite también observar detalles que antes me pasaban desapercibidos. Hay tanto que ver, hay tanta vida escondido alrededor…

Regreso sobre mis pasos, vuelvo a pasar de puntillas junto a la tienda, asciendo las escaleras. A la ida el agua descendía a chorros por los peldaños. Ahora hasta han asomado algunos rayos de sol. Un espejismo.





sábado, 5 de febrero de 2022

Los bosquecillos de robles



Tenemos la suerte de tener un par de bosquecillos de robles en las inmediaciones de nuestra casa. Se conoce que, antes de la urbanización masiva de la zona, además de los maizales, había bastantes robles. Los ejemplares –quizá por vivir en un lugar de reducidas dimensiones–, han cogido mucha altura. El que tengo más próximo lo contemplo casi todos los días. Ahora, en pleno invierno, está desnudo de hojas. Lo desbrozaron hace un año y se llevaron también todos los restos de poda que algunos vecinos desaprensivos iban acumulando en él. Ya se está volviendo a llenar. Menuda pereza llevarlos hasta la escombrera municipal, y gratuita.

El otro día me acerqué hasta el otro bosquecillo, más grande, situado al final del bulevar. Desde mi última visita también lo han desbrozado y limpiado. Es un lugar frecuentado por propietarios de perros. En aquel momento, cosa rara, no había ninguno. Se escuchaban las piadas de los pájaros y yo era el único visitante. Estos lugares no hay más remedio que limpiarlos, pero pensé que a muchos animalillos que viven aquí no les hizo ninguna gracia que entraran los jardineros a destrozarles sus viviendas. La vida urbana es dura para los bichos. Ví que había bastantes avellanos en los márgenes. Incluso dispone de unas pocas mesas de picnic.

Los bosquecillo de robles son los respiraderos de los conglomerados de asfalto y bloques de hormigón. Espero que sigan ahí una larga temporada, pero la verdad es que ya no te puedes fiar.





sábado, 31 de octubre de 2020

Escucho mis pasos


Día 1. En mi ingenuidad irredenta, no pensaba que volvería a vivir otro confinamiento. Hoy ha sido el primer día de la segunda edición, así que, para dar mi paseo cotidiano --limitado a una hora-- he tenido que rellenar un formulario (en PDF en esta ocasión, progresamos).

   A las 5.30 de la tarde, he salido de casa y he repetido uno de mis paseos habituales: bajar hasta la playa y regresar, casi por el mismo camino.

   Aunque hay más tráfico que la vez anterior --porque hay menos restricciones-- he vuelto a escuchar mis propios pasos, y también el canto de los pajarillos, que lo tenía casi olvidado. Es una sensación de tranquilidad y soledad muy agradable.

   El camping por el que paso, que en realidad es una arboleda atravesada por una carretera poco frecuentada, está cerrado y, en consecuencia, vacío.

   Metros antes de llegar a la arboleda, ya se escucha la turbina infatigable del mar. Desde la altura diviso el cabo de Higuer, envuelto en una tenue neblina que le da un aire muy lírico.

   ¿Qué habrá pasado con la playa? ¿Estará cerrada a cal y canto como la otra vez? La sola idea de que esté cerrada me produce una mezcla de tristeza y enfado. Si hay un lugar seguro y ventilado es la playa, pero uno, a estas alturas, ignora los criterios que siguen los gobernantes para adoptar sus extraña decisiones.

   Cuando llego al bulevar veo mucha gente y bastantes surferos. Buena señal. La playa, al menos de momento, está abierta. Luego me dicen que también los parques. Bueno, me digo, a ver si dura, porque la playa y los parques son lo mejor que tenemos en Hendaya.

   La marea está muy alta, quizá es la hora de la pleamar y, además, hay luna llena. Las olas llegan hasta el muro de contención del paseo. Algunas rebotan y se confunden las que vuelven con las que vienen, formándose grandes cantidades de espuma blanca.

   Me quedo un rato contemplando el mar y los surferos. Confieso que me dan envidia. Hace más de un mes que no me doy un baño. El otoño está siendo poco propicio, cosa rara en estas latitudes, donde los meses de septiembre y octubre son idóneos para los baños de mar. Pero este año todo se ha alterado.

   Para cuando quiero darme cuenta la hora de asueto ya se ha esfumado y debo regresar. Además, la batería del teléfono se ha agotado. Espero no cruzarme con algún gendarme. Pues sí que empezamos bien.

   La vuelta --en ascenso-- es muy tranquila. La luz merma por momentos y la neblina parece incrementarse. Ha sido una excelente y soleada jornada.

   Desde el puente del ferrocarril hay una bella vista de las Peñas de Aya. Apenas se divisan las crestas; el resto permanece oculto. Las Peñas de Aya son nuestro monte Fuji. En la desembocadura del Bidasoa se las divisa desde cualquier punto. Cada día, cada hora, cada momento, ofrecen un aspecto diferente.

   Al bajar la cuesta me alcanza un delicioso olor a madera quemada.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Crónicas livianas: los gorriones




Tras un breve paseo, he dejado al perrillo en el coche porque no paraba de llover y se estaba empapando. Luego, bajo el paraguas, me he dado una vuelta. Al poco rato ha parado la lluvia, se ha abierto el cielo, y ha salido el sol. Ha sido una delicia recibir unos cuantos rayos de sol tras semanas de cielos encapotados. Nada como la escasez para estimular el deseo y, si es posible, el goce posterior.

martes, 12 de septiembre de 2017

Hendaya, desmontando el tinglado playero

El final del verano está resultando un fiasco. ¿Dónde quedan los maravillosos, cálidos y secos setiembres que siempre he disfrutado tanto? Habrá que preguntarle a Trump y a los negacionistas del cambio climático.







miércoles, 6 de septiembre de 2017

Luz de otoño en Hendaya

“Era una mañana maravillosa. Qué vida tan hermosa habría en este mundo si no fuera por la miseria.”

--Antón Chéjov











jueves, 22 de mayo de 2014

El incomparable perfume de la tierra mojada


HA HABIDO tormentas y chaparrones durante toda la noche. Por la mañana, las nubes continúan incrustadas en las laderas. En el cielo apenas queda algún resquicio abierto. La luz ha vuelto a apagarse, tras días soleados, y el suelo está lleno de charcos. Me asomo a los solitarios jardines de Pierre Loti, sobre la bahía. Un hombre envuelto en una gabardina, acompañado por su perrito, se sienta en uno de los bancos frente al mar. Apenas hay gente en el paseo. El aire huele al incomparable perfume de la tierra mojada tras semanas de sequía. Voy y vengo un rato por la bahía. Un pato se aproxima para salir en la foto. Cuando regreso a mi vehículo empieza un chaparrón.

jueves, 29 de agosto de 2013

Bienvenida al otoño

Como es habitual, el otoño se adelanta en este rincón del Cantábrico. Hace unos días, por la mañana temprano, ha llegado la primera señal: la luz ha cambiado; ahora es menos luminosa, pero más dorada. También por la mañana temprano la humedad ha empezado a condensarse sobre los cristales y el termómetro ha bajado tres o cuatro grados.

Hoy, durante el paseo matinal, había un extraño silencio, algo que se ha echado de menos durante los dos últimos meses, el tiempo que dura lo que aquí denominan la saison. La razón es simple: han desaparecido centenares de coches. Hendaya, durante el verano, es un amontonamiento de coches que se mueven lentamente de aquí para allá desde que amanece hasta bien entrada la noche.

El aire parece haberse vuelto más fino y limpio, pero la ausencia del ruido de los motores es una sensación perfectamente aliviadora, la vida vuelve a su ser.

Durante los dos meses precedentes había dejado de ver a los cormoranes. Ni siquiera los vi en su residencia habitual de las Gemelas el día que fui de visita al paraje de Abadie. Me preguntaba qué habría sido de ellos. Ayer, sin embargo, pude contemplar a uno mientras pescaba su desayuno en aguas de la bahía. Me fue dado contemplar cómo emergía con un pez en el pico y cómo lo dejaba caer garganta abajo -con lentos y esforzados movimientos contractivos pues el bocado era de buen tamaño.

Poco después sobrevoló la bahía un grupo de tres, remontando las aguas del Bidasoa, donde suelen adentrarse para pescar. La imagen me tranquilizó, hizo que me sintiera mejor, como cuando uno recupera una costumbre que las circunstancias le han impedido cumplir durante los últimos tiempos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Gaviotas y temporales

Los temporales ponen muy nerviosas a las gaviotas, que se muestran inquietas y chillonas. Cuando la lluvia y el viento azotan, ellas se refugian en grupos muy nutridos tanto en la playa desierta como en la isla de los pájaros, en medio de la bahía de Chingudy.

En estos días, al atardecer, se cuelgan del cielo en grandes bandadas, armando un estrépito considerable. Allí permanecen un rato para desplazarse al buen tuntún y reaparecer momentos más tarde. Recuerdan a los movimientos medio siniestros y gregarios de los estorninos.

El vuelo de las gaviotas es veloz, quebrado y elegante, en especial el de las pequeñas reidoras de alas blancas con las puntas negras. Son maquinitas diseñadas para revolverse en el aire con agilidad pasmosa.

Salvo que se dispongan de medios muy sofisticados, fotografiar gaviotas en vuelo es difícil debido a la rapidez y agilidad de sus desplazamientos. Estas que aparecen con algún detalle en las imágenes se dedicaban a practicar, junto a la orilla del mar, extraños ejercicios de resistencia al viento, casi estáticas, ignoro si para pasar el rato o por alguna otra razón más práctica.

Las gaviotas de este rincón cantábrico, afortunadamente, mantienen las distancias y permanecen salvajes. En otros lugares, como las costas gallegas, pueden verse ejemplares de gran tamaño que parecen haber perdido el respeto a los humanos; penetran en las ciudades, se alimentan en los vertederos, invaden puertos y playas y se muestran tan descaradas como agresivas e impertinentes.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

El primer temporal

La imagen puede contener: cielo, árbol, montaña, planta, nubes, exterior y naturaleza

Desde hace un par de días nos visita el primer frente polar de la temporada otoño/invierno. Llueve, hace frío, la humedad es muy alta y las nubes se personan en nuestros tejados al menor descuido. A ratos, el cielo se aleja unos metros y deja pasar un poco más de luz, lo que siempre es un alivio. A ratos, graniza.

El frente trae agitadas a las gaviotas, que se refugian en la playa y en la isla de los pájaros, situada en la bahía de Chingudi. Los cormoranes aprovechan par pescar en las cercanías en lugar de adentrarse en el río. Hasta los cuervos bajan a la playa para abastecerse.


Los paseantes, por su parte, y salvo los muy impenitentes, se quedan en sus casas, lo que siempre le da un tono melancólico a mis trayectos matutinos. Hasta las corredoras que amenizan mis mañanas con sus trotes desaparecen de la escena.


El perrillo y yo, en cualquier caso, no faltamos a la cita, salvo que caigan chuzos de punta. Hoy ha sido el primer día que he sacado la cámara y no he disparado si una sola foto.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Colores de otoño

Con los últimos días de viento del sur las hojas ya han comenzado a caer. El suelo de los jardines está alfombrado. Los equipos de jardinería se afanan. El otoño está siendo espléndido en la comarca bidasotarra. La proliferación del liquidámbar ha inundado de color las calles, plazas y jardines. Poco a poco el color empalidece y deja paso a la desnudez invernal. Habrá que esperar varias semanas para contemplar los amarillos de las mimosas y los rosas de los magnolios.




viernes, 16 de noviembre de 2012

Requiem por un pino centenario

El pasado fin de semana se cayó uno de los grandes pinos piñoneros que hay en la rue de Muriers, en Hendaya-playa. En la actualidad quedan una docena de estos ejemplares, todos situados en esta calle y repartidos en un par de fincas. Sus grandes y elevadas copas, en forma de sombrilla, sirven de cobijo a una abundante avifauna que se deja oir cuando se pasa por esta calle que desemboca en la playa.

Antaño todo ese espacio, ahora urbanizado, debió ser una gran zona de dunas, al estilo de las que aún pueden verse en las Landas. Estos árboles espectaculares formaban parte de aquel ecosistema. Ignoro su edad pero, a juzgar por su tamaño, imagino que no tendrán menos de un siglo. 

Afortunadamente la caída de este coloso no ha ocasionado desgracias personales ni apenas materiales. Su gran copa ha obstruido la circulación de dos calles. Esta mañana un equipo de leñadores ha procedido a su corte y retirada. Mientras un hombre manejaba una motosierra, con ayuda de una grúa, otro introducía ramas en una trituradora. La operación ha requerido varias horas de trabajo y tres o cuatro máquinas.

La gente de los alrededores y los paseantes le han dado un vistazo al pino y han seguido su camino. Hoy ya no se le presta atención a los  árboles, ni siquiera a estos ejemplares tan escasos y poderosos. Aunque haya sido por causas naturales, la muerte de este árbol me entristece. Todas estas mañanas he pasado a verlo. Yo, que soy un sentimental de la naturaleza., le hubiera organizado un entierro con banda de música y cortejo.

Esperemos que los ejemplares que permnecen aún duren muchos años.

martes, 30 de octubre de 2012

La playa de Hendaya hacia 1865

Desembocadura del Bidasoa, hacia 1865, de Martín Rico (1833-1908), pintor de quien estos días se inaugura una muestra en el Museo del Prado. Se trata, como puede apreciarse, de la playa de Hendaya, con las Gemelas al fondo a la derecha.

Martín Rico, madrileño, fue un artista prolífico y cosmopolita, influído por la denominada Escuela de Barbizon. Su obra arranca en el romanticismo para situarse en el realismo y casi alcanzar el impresionisnmo. Es autor de un libro de memorias, Recuerdos de mi vida. Fue padre primerizo a los 67 años.

Fotogalería de la exposición de El Prado