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lunes, 30 de abril de 2012

Un baño de luz en Cádiz


Llego a Cádiz a media mañana y encuentro las calles del casco histórico abarrotadas de turistas. Me temo lo peor.

Recorro la calle Ancha, continúo hasta la plaza de las Flores y a duras penas puedo abrirme paso. ¿Será posible que un miércoles laborable del mes de abril haya tanta gente en la ciudad? ¿Cómo será esto en el mes de agosto? Pero mis temores no tienen fundamento. Ocurre que han desembarcado cientos de pasajeros de un trasatlántico. 

El barco, visto a distancia, parece un gran edificio de apartamentos, un mágico edificio de quita y pon. Un par de horas después los visitantes se retiran al interior del buque y las calles aparecen de nuevo transitables. Qué alivio.

Pronto descubro que las calles están limpias y relucientes, bien señalizadas y que las dimensiones de la ciudad antigua son perfectamente manejables, lo que resulta muy agradable.

La luz es intensísima. Si te quitas las gafas de sol durante unos minutos y luego vuelves a ellas descubres que estás deslumbrado y que te cuesta recuperar la visión.

Dejo a un lado la catedral porque el día soleado no invita a visitar catedrales ni templos, de los que hay abundantes en la ciudad. Tampoco estoy muy de iglesias últimamente.

Recorro buena parte del perímetro del litoral. Corre una suave brisa que alivia del sol poderoso. El paisaje marino es minimalista, sólo alguna que otra gaviota se interpone entre el mar y el cielo. El perfil de la costa se pierde lejanísimo y, todo alrededor, es agua. Se tiene la agradable sensación de encontrarse en el confín del mundo.

La playa de la Caleta no puedo disfrutarla debidamente porque están rodando una película en estos precisos momentos y el tránsito ha sido restringido.

A la hora de comer opto por una terraza en la plaza de San Antonio. A continuación, tras degustar un café y un delicioso pastelillo de hojaldre y crema, me introduzco en una librería que permanece abierta al mediodía, lo que es muy de agradecer.

Se trata de la librería Quorum. El pasillo tras la entrada es estrecho lo que engaña respecto a las amplias hechuras del establecimiento. En media hora doy con tres ediciones de bolsillo que me interesan y que adquiero a la buena de Dios ignorando, como es habitual en mí, cuando encontraré tiempo para hincarles el diente.

Por orden de aparición son las siguientes: El pájaro pintado, de Jerzy Kosinski, un autor del que he leído, con gran placer, dos de sus obras: Desde el jardín y Pasos.

La segunda obra se titula El fruto de la nada. Se trata de una recopilación de sermones y tratados del Maestro Eckhart (1260-1328), teólogo dominico alemán del que no tenía idea de que estuviese publicado aquí y del que tan sólo conocía algunos fragmentos por vía de terceros.

Finalmente, me tropiezo también con España, una historia única, de Stanley G. Payne, que me apresuro a depositar en mi bolsa. Bueno, me digo, he celebrado a mi manera el Día del Libro, aunque, debido al retraso, me he quedado sin el descuento habitual.

Dedico el resto de la tarde al museo de Cádiz, en sus secciones de Bellas Artes y de Arqueología, ambas muy recomendables, en especial la segunda.

Termino tan agotado que, a la salida, me siento en un banco de la plaza de Mina, en la que nació don Manuel de Falla, y me quedo un buen rato admirando el lento y espectacular deslizamiento de la luz sobre el adoquinado y sobre la vegetación, lamentando no poder quedarme una larga temporada bañándome cada día en esta admirable luminosidad.

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lunes, 23 de abril de 2012

El castillo de Gibralfaro

Las vistas sobre Málaga y el Mediterráneo son muy hermosas pero las pendientes que es necesario salvar para alcanzar los 130 metros de altura a los que está situada esta fortificación hacen que uno recapacite sobre si no hubiera sido mejor coger el autobús.

El castillo fue construido -sobre los terrenos donde había un faro fenicio- por el rey nazarí Yusuf I, en 1340, con la finalidad de proteger la alcazaba malagueña situada unos metros abajo.

Ciento cincuenta años después, tras un verano de asedio, cayó en manos de los Reyes Católicos.

Desde entonces y hasta que Alfonso XIII lo cedió a la ciudad, ha tenido un continuado uso castrense. Su interior padeció la invasión de las tropas napoleónicas que se entretuvieron en arrasarlo antes de huir.

La fortificación dispone de los elementos habituales en la arquitectura militar de Al Andalus: gran torre albarrana, muralla defensiva que la rodea, almenas, garitas, aljibes, y puerta de acceso en recodo. En el polvorín se ha instalado un centro de interpretación. Como elementos modernos dispone de servicios y de un bar con terraza.

Pequeñas y esparcidas zonas ajardinadas, con cuidadas plantaciones de árboles y arbustos le dan un aire muy ameno a todo el recinto. Sus paseos interiores y escaleras se ven concurridos a todas horas por turistas que suben y bajan con gran entusiasmo.

Entre la alcazaba y el castillo discurre un camino en zigzag y fortificado denominado la coracha que se usó siempre para trasladarse de un lugar al otro pero que en la actualidad, lamentablemente, no está permitido el acceso.

La bajada a la ciudad, atravesando un conjunto de miradores y de senderos ajardinados, resulta algo más placentera que la subida aunque esto, como todo, va en gustos.


domingo, 27 de noviembre de 2011

En el CAC de Málaga


Tres detalles muy agradables del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga:

1. La entrada es gratuita. Compárese con los 8 euros que cuesta la entrada en el museo Picasso de la misma ciudad. Yo no soy partidario de la gratuidad del arte y de la cultura, pero de lo gratis al abuso hay un buen trecho.

2. Permiten hacer fotografías. En el Picasso, como en la mayor parte de los museos que conozco, están prohibidas; y, además, los vigilantes de sala –una costumbre cada vez más extendida- te informan preventivamente, cada cinco minutos, de que no puedes acercarte a las obras colgadas.

3. En la entrada hay un gran retrato en solidaridad con Ai Weiwei, artista chino encarcelado y represaliado por el régimen comunista.

El resto forma parte de la sensación de banalidad, superficialidad y sobreestimación que, a estas alturas de mi existencia, me produce buena parte del arte contemporáneo. Pese a ello no pierdo la esperanza de encontrar algo estimable y, a veces, lo consigo.

Tenía curiosidad por la exposición del fotógrafo alemán Thomas Ruff; aprecio sus sencillos y nítidos retratos de gente común y algunos de sus paisajes. Sin embargo lo que veo me deja frío. Se trata de dos series: una con imágenes de estrellas y otra de paisajes de Marte. Todas ellas en enormes formatos. Ha manipulado fotografías obtenidas por la NASA y por observatorios astronómicos convirtiéndolas en paisajes abstractos. Por descontado, la base conceptual de estos experimentos debe ser muy sólida pero, a efectos emotivos el resultado es nulo. Las estrellas y el planeta marciano me quedan demasiado lejos.

La coleccionista Carmen Riera o, dicho de otra forma, la escritora catalana Carme Riera, ha cedido por cinco años parte de su colección de arte contemporáneo. Los artistas incluidos gozan de renombre mediático sólo que a mí ya no me cabe un Warhol más en el cuerpo.

Dos pequeñas esculturas de Louise Bourgeois encerradas en vitrinas y recubiertas con tela. La titulada Madre e hijo presenta a una mujer tumbada y desnuda, sin extremidades y amorfa, con un bebé sobre ella. La otra, Mujer de pie, es también un desnudo femenino y sin brazos. La parte conceptual de estas obras (la mutilación femenina) me resulta demasiado obvia.

En la librería adquiero un libro sobre Fassbinder y, a continuación, me paseo hasta la otra punta del centro urbano a la búsqueda de más librerías. Estoy a punto de adquirir lo último de Peter Handke, un libro de anotaciones breves, pero desisto porque éste es un autor en el que ya he tropezado demasiadas veces, así que prefiero tomarlo en préstamo el día, ya próximo, en que me levanten la "inhabilitación" en mi centro cultural favorito.


viernes, 18 de noviembre de 2011

Un paseo por la Alcazaba de Málaga


Badis ben Habús, tercer rey bereber de la taifa de Granada, inicia la construcción de la alcazaba de Málaga a mediados del siglo XI. A partir de ese momento y hasta la caída de la ciudad en manos de Fernando el Católico, en 1487, este palacio fortificado fue utilizado por los sucesivos y enfrentados dirigentes musulmanes.

Su triple fila de murallas, armoniosamente adaptada a los desniveles del terreno, sirvió de protección a los almorávides, a los almohades y, en última instancia, desde 1279, pasó a depender de los nazarís de Granada, la última dinastía islámica en la península ibérica.

La huella nazarí, reflejada en patios, en jardines y en la decoración, es la más potente que ha quedado en esta soberbia edificación. En cuanto se entra en su zona palaciega no puede evitarse el recuerdo de la Alhambra granadina, si bien las dimensiones de las estancias son menores y la austeridad de las mismas es mayor.

La ubicación de esta fortificación en la ladera del monte Gibralfaro –en cuya cumbre hay un castillo conectado por un corredor de murallas con la Alcazaba- ofrece una impresionante panorámica sobre la bella ciudad andaluza y el Mediterráneo.

Desde finales del siglo XV hasta principios del XX, en que comenzaron los trabajos para su restauración, transcurren cuatro siglos en los que la Alcazaba malagueña es objeto de abandono y saqueo. En la actualidad es una de las edificaciones más interesantes que pueden visitarse en España.

Resulta más laborioso un cambio de mentalidad que la construcción de un imperio.

Acceso principal a la Alcazaba

Murallas almenadas y torres con saeteras reflejan la obsesión por la defensa



Jardines con fuentes y pérgolas

El patio de Armas con sus arcos de herradura

Ventanas con celosías decorativas

El patio de la Alberca

Los tres tipos de arco que predominan

Badis ben Habús, el promotor

Entrada en Wikipedia

La vida cotidiana en la Málaga islámica

Belleza y fortaleza ensimismadas

viernes, 11 de noviembre de 2011

El Barrio, cantante flamenco

Según me acerco al Corte Inglés de Málaga escucho una megafonía a todo decibelio que emite rumbas y veo mucha gente aglomerada. Será alguna feria, alguna fiesta, algún sarao, me digo, y, como tengo una cita aquí, me quedo a contemplar el ambiente.

Pronto descubro que han instalado un pequeño proscenio adosado a la fachada principal. Sobre él se atisba a un hombre ataviado con un llamativo jersey de rombos, un pequeño sombrero negro y un arete en cada oreja. El hombre reparte abrazos y besos a una serie de personas que proceden, como un goteo, de una larga cola que bordea el edificio.

Es una cola muy nutrida y disciplinada. Me atrevería a decir que es una de las colas más disciplinadas que he visto nunca, lo que me produce una honda admiración, dado que nadie parece intentar colarse, lo que es inhabitual en este país alérgico a las colas disciplinadas.

Bajo la atenta vigilancia de dos o tres guardias de seguridad, la gente espera pacientemente su turno para subir unos peldaños y abrazarse al cantante que se hace llamar El Barrio y que canta rumbas trepidantes con una voz potente.

He caído en la presentación de un disco de este señor que parece contar con el aprecio de la paciente concurrencia. Un grupo de jovencitas emite cada tanto gritos admirativos y otro grupo, en el que me introduzco, procede a disparar con frenesí sus cámaras fotográficas. Es todo un espectáculo. No se puede negar que el artista hace bien su trabajo: abraza, besa y sonríe como un auténtico profesional.

El sentimiento que predomina en mí ante toda esta alegre actividad es el de la admiración. ¿Pues no estaba en crisis la industria del disco? Lo que ven mis ojos y escuchan mis oídos no suena a crisis por ninguna esquina.

Aquí tenemos a 300 o 400 personas, cada una de ellas con un disco de 20 euros en la mano, dispuesta a esperar lo que haga falta para hacerse una foto con el artista y, en su caso, obtener un autógrafo. Me pregunto cuántos escritores nacionales disfrutan de un público tan incondicional y, sobre todo, de tantos lectores dispuestos a apoquinar con entusiasmo los 20 citados.

Va a ser que la crisis del disco es algo que ha venido ocurriendo en los últimos tiempos y que, por el contrario, la crisis del libro y de la lectura es algo endémico en el país. En fin, da gusto ver al personal tan satisfecho y, además, las rumbitas no suenan nada mal.

La web de El Barrio

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Gaucín, el centinela de la Serranía de Ronda


La belleza de la Serranía de Ronda me deja pasmado. En su parte sur, configurada por los ríos Guadiaro y Genal, se levanta un paisaje de montañas, bosques de encinas y alcornoques, con pueblos blancos diseminados por laderas y vaguadas.

Gaucín es el primero de los que aparece en la carretera que une el Campo de Gibraltar con la ciudad de Ronda –lugar estratégico que domina la entrada sur de la Península Ibérica.

El pueblo, bajo una bóveda de cielo azul, es una delicia esta mañana soleada de finales de octubre. Hay aquí una arquitectura que se funde con el paisaje y, a la vez, lo utiliza como fondo para realzarse a sí misma, orgullosa de su belleza.

Las calles ascienden envueltas por la cal de las fachadas, el verde de las plantas y las notas de color de las flores tardías. Debe haber muchas aves por aquí. Han puesto preciosos carteles con sus nombres, sus retratos y sus hábitos.

La localidad, de unos 2000 habitantes, ocupa una posición defensiva y dominante, presidida, como en tantos otros pueblos, por las ruinas del castillo y de las murallas. El llamado castillo del Aguila fue romano antes que musulmán y tiene una historia cargada de hechos bélicos que se extienden hasta las guerras carlistas. Por aquí pasó la expedición de Gómez. Varios siglos antes, en 1309, murió en sus proximidades el célebre Guzmán el Bueno, defensor de Tarifa y fundador de la casa de los Medina Sidonia.

Fueron estas tierras de moriscos las últimas que reconquistaron los cristianos antes de hacerse con el reino nazarí de Granada, el último reino musulmán de la península. Las huellas de esta cultura aparecen por doquier, tanto en los detalles como en el trazado sinuoso y estrecho de sus calles.

En estos parajes viven muchos extranjeros, en especial pintores, atrapados sin duda por su belleza, por un sol que apenas falta a su cita cotidiana, por el aire limpio e inquieto.


Gaucín en Wikipedia

La trágica historia de los moriscos 

La Serranía de Ronda 


domingo, 6 de noviembre de 2011

Thomas Bernhard en Torremolinos


Poco se sabe de la estancia del escritor Tomás Bernhard en Torremolinos. Ocurrió a finales de 1988, pocas semanas antes de su fallecimiento, que acaeció el 12 de febrero de 1989, en su país natal. La única certeza es que se alojó en el hotel La Barracuda, catalogado con tres estrellas y situado al pie de la playa Los Pacos, en Torremolinos.

Según relata su traductor y biógrafo Miguel Sáenz, había sufrido un ataque cardíaco y, una vez más, buscó la costa española para reponerse. Quiere un hotel donde los periodistas le dejen tranquilo. España y, en concreto, Mallorca, era uno de sus países preferidos para sus continuos viajes.

Viene aquí acompañado por su hermanastra Susanne Kuhn. Con ella realiza su última excursión, que tuvo a Gibraltar como destino. "Era un hombre tranquilo, serio, con cierta distinción natural. Pálido, aunque sin aspecto de enfermo, y bien vestido", señala un testimonio recogido por Sáenz.

Pregunto en la recepción del hotel, por si encuentro algo parecido al homenaje que el hotel rondeño Reina Victoria le dedica a Rilke, pero ni Bernhard es Rilke ni La Barracuda es el Reina Victoria. No hay nada, ni siquiera una factura firmada. Puede que pagara con tarjeta. Sólo me dicen que debió ocupar una de las habitaciones con vistas al mar.

Ya que no tengo texto me decanto por el contexto y me doy una vuelta por las instalaciones para hacerme una idea del ambiente. Hay un jardín con piscina donde se bañan algunos niños mientras sus padres toman el sol tumbados en hamacas o degustan un aperitivo bajo una sombrilla de mimbres. En los pasillos he visto unos carteles, redactados en varios idiomas, en los que se advierte que está prohibido consumir comidas o bebidas que procedan del exterior del hotel. Desisto de tomar un café en el bar, situado junto al jardín, porque no aparece ningún camarero y casi prefiero salir al paseo marítimo para seguir captando ambiente.

En el cielo azul luce un sol radiante, sopla una brisa muy agradable y se ven dos o tres pequeños barcos que realizan labores de pesca mientras las gaviotas sobrevuelan. Al mediodía y pese a lo avanzado de la temporada hay gente tumbada en la playa –algunos incluso se dan un baño. El paseo marítimo es un incesante tráfago de turistas y de playeros, veteranos extranjeros en su mayor parte, ataviados con prendas coloreadas y más o menos extravagantes como corresponde al género guiri de vacaciones en el sur.

Esta zona al sur de Torremolinos es un fragmento de un paisaje que se repite a lo largo de toda la Costa del Sol: playas kilométricas, chiringuitos, edificios de hoteles y de apartamentos, bares, cafeterías, tiendas de todo tipo. La playa de Los Pacos presenta un aspecto limpio y cuidado. Está dotada de unos servicios que llaman la atención por su buen estado, hay banco metálicos para descansar y contemplar el paisanaje, los chiringuitos de la playa son muy sofisticados y cada pocos metros hay negros que venden bolsos y otros productos similares, probablemente de marcas falsificadas.

Como es habitual en los lugares frecuentados por extranjeros los precios están bien a la vista. Se diría que estos visitantes pasan la mayor parte de su tiempo leyendo los carteles con las tarifas para comparar y luego elegir. Así tenemos la siguiente oferta económica: hamaca, más bebida, más fruta por 5 euros. Si en lugar de hamaca preferimos una cama (¿) el precio asciende hasta los 30 euros.

El jardín de La Barracuda llega casi hasta la arena. Enfrente hay un chiringuito blanco, con un interior que dispone de reservados de estilo morisco. Está atendido por una camarera guapa y amable. No, me digo, este chiringuito no es probable que existiera en tiempos de Bernhard. Mucho menos la camarera.

En resumen, el ambiente es lo menos bernhardiano que pueda uno imaginarse. Sin embargo es el lugar y el hotel adecuado para pasar desapercibido, en medio de gentes que ignoraban por completo quién podía ser ese señor tan discreto. Un lugar que te permite estar perfectamente solo y, a la vez, no sentirte demasiado solo, con la ventaja de disponer al alcance del bolsillo todo aquello que se te pueda antojar.






miércoles, 2 de noviembre de 2011

En la aristocrática Medina Sidonia



En mitad de la provincia de Cádiz, sobre un cerro que alcanza los 300 metros de altura, se alza esta ciudad aristocrática, en la que pueden rastrearse buena parte de las civilizaciones que se han asentado por estas tierras andaluzas a lo largo de los tres últimos milenios.

Nada queda a la vista de los fenicios, pero sí de los romanos: una calzada, conducciones de aguas y cloacas. Los visigodos. que llegaron a continuación, dejaron una de las ermitas más antiguas de Andalucía, la de los Santos Mártires, que data del siglo VII.

Pero esta mañana soleada y azul de finales de octubre invita más a gozar del aire libre que a introducirse en iglesias y subterráneos.

Partiendo de la hermosa plaza mayor, presidida por la casa consistorial porticada, se asciende por calles estrechas de fachadas encaladas hasta los restos del alcázar y el castillo.

Desde esta cumbre, transitadas por turistas -extranjeros en su mayor parte-, hay una panorámica espectacular en la que puede contemplarse un buen fragmento de Andalucía: el Mediterráneo a un lado, el Atlántico al otro y, al sur, las primeras montañas africanas.

El blanco urbano dominante se quiebra por los verdes de las plantas cultivadas en macetas y sus floraciones rojas, naranjas, rosas, amarillas. Sólo el desaforado tráfico de vehículos –un mal endémico en nuestros pueblos y ciudades- le sacan a uno del encantamiento ancestral de esta colina tan bellamente urbanizada.

Los árabes que la conquistaron en el 712 pertenecían a la aristocracia yemení y palestina, aunque la colonización de la tierra corrió a cargo de los más humildes bereberes.

Tras cinco siglos y medio de presencia islámica, caracterizada por muy variadas crisis políticas y territoriales, Alfonso X el Sabio la ganó para el cristianismo e inició una época de fuerte militarización hasta el final de la Edad Media.

Varias órdenes militares, entre ellas la de Santiago, la gobernaron hasta que fue cedida por Juan II al linaje de los Guzmán, que fueron acumulando títulos, hasta alcanzar el poderoso ducado de los Medina Sidonia.

Las iglesias, palacios y conventos que hoy conforman esta interesante ciudad tienen sus orígenes en la dominación de la nobleza cristiana.

En las praderas y dehesas que rodean Medina Sidonia se crían algunas de las ganaderías de toros bravos más importantes de España. Impresiona verlos pastar plácidamente a pocos metros de la carretera.

Una lástima que este paisaje encantador se haya visto invadido por una profusión de parques eólicos, con sus correspondientes aerogeneradores, que son cualquier cosa menos bonitos. Habría que saber si además de feos son también rentables y, sobre todo, para quién.

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lunes, 31 de octubre de 2011

La muerte no es nada

La víspera del Día de Difuntos, en la entrada del cementerio malagueño de Gaucín, encuentro esta inscripción: 

La muerte no es nada. Es solamente como si durmiera en la habitación contigua. 

Yo sigo siendo yo, y tú sigues siendo tú, y aún seguiremos siendo los mismos el uno para el otro. 

Sígueme llamando como lo solías hacer y sígueme hablando como antes lo hacías. No cambies tu tono de voz ni lo hagas más solemne, ni tampoco sientas pena por mí. 

Sigue sonriendo como si aún yo estuviera aquí. Piensa en mí, reza por mí, y procura que mi nombre se pronuncie siempre de manera natural, sin que haya sombras a su alrededor. 

La muerte es un proceso natural y yo sigo aún en tu corazón, aunque no me veas siempre estaré a tu lado. 

La vida continúa y todo está bien.

 

 

jueves, 27 de octubre de 2011

El estuario abandonado del río Guadiaro


En 1989, por decreto de la Junta de Andalucía, el estuario del río Guadiaro fue catalogado como espacio natural protegido.

Se trata de un área pequeña, comprimida por la urbanización de Sotogrande, que comprende una pequeña playa y una laguna, además de la ribera del río. Una pasarela de madera permite adentrarse en el corazón del lugar y contemplar la vegetación (carrizos, juncos, cañas, acebuches, fresnos…) y la fauna (garzas, garcetas, cormoranes, erizos, tejones…)

La limpieza de este espacio, sin embargo, deja mucho que desear. El camino de acceso, guarnecido por cámaras de videovigilancia, está repleto de inmundicias; la caseta para la observación de las aves permanece cerrada; la playa, abarrotada de basura y envases de plástico, registra un notable nivel de suciedad.

Hasta el cadáver de un delfín, permanece abandonado en la arena. No se trata de una excepción, porque las bellísimas playas al norte y al sur de esta reserva presentan un estado de limpieza lamentable, deprimente y tercermundista, pero parece que un lugar protegido por decreto debiera ser objeto de cuidados especiales.

Para colmo leo en un periódico local que han sido los propios vecinos, ante la inacción de las autoridades competentes, quienes han tenido que proceder a la apertura del dique de arena que bloqueaba la desembocadura del Guadiaro.

Este bloqueo era una fuente de malos olores por el estancamiento de las aguas y ha producido la muerte de muchos peces. En la playa puede verse la gran duna que se ha formado a golpe de pala y otros rudimentos, una medida provisional que nadie sabe cuando merecerá la atención de los responsables del ejecutivo autonómico.

Blog del río Guadiaro

viernes, 1 de julio de 2011

Las garcetas de Torreguadiaro



Durante el rápido ocaso -malva y naranja sobre el horizonte-, cientos de garcetas, se dirigen en bandos pequeños y disciplinados a su descansadero en la laguna de Torreguadiaro.

A través de la tupida vegetación, que oculta estas aguas, se atisba la presencia de cientos de aves blancas, tan ligeras como ruidosas.

Las garcetas se dejan ver durante el día por los campos de la comarca, haciendo compañía al ganado, muchas veces posadas en los lomos del vacuno, que permanece impasible.

Las aves parecen alegrarse de esta asamblea nocturna a juzgar por la sonoridad de sus expresiones. Es un espectáculo pasmoso. Su ligereza es tal que los juncos las reciben impávidos. Cualquier ruido las agita en un revuelo de plumas blancas. Hay tantas que inquietan.

En contraste con esta agitación, en las pequeñas charcas de los alrededores las ranas croan ajenas al tráfico.

La pedanía gaditana de Torreguadiaro es un pequeño núcleo urbano costero, situado en el que fuera delta del río Guadiaro, antes de que la construcción del puerto deportivo de Sotogrande lo dejara esquilmado.

Hacia el norte, ya casi Málaga, aparecen dos kilómetros de playa. En las proximidades se levantan dos torres de vigilancia –una de ellas en ruinas. Datan de la reconquista. Fueron levantadas por los cristianos para vigilar la costa de las incursiones musulmanas.


jueves, 10 de marzo de 2011

El palacio abismal del Rey Moro en Ronda



El palacio del Rey Moro, en Ronda, ha sido toda una decepción.

El edificio principal está en ruina y cerrado al público. Lo único visitable es la mina de agua y los jardines llamados islámicos. 

Ocurre que descender a la famosa mina de captación de agua, de origen árabe, es una operación no sólo de riesgo sino también extenuante. Se trata de una escalera de unos 200 peldaños irregulares, oscura como boca de lobo, que salva un desnivel casi vertical de 100 metros.

El turista inadvertido comienza el descenso con la esperanza de llegar pronto al tajo por donde discurre el río Guadalevín, pero el camino, amenizado por unas goteras gélidas y por una iluminación neolítica, es tenebroso.

En el folleto se dice que se atraviesan estancias con aljibes, un polvorín y un depósito de granos, pero el itinerario es tan incómodo y complicado que no se aprecia nada. Obvio decir que el ascenso de vuelta es aún peor, salvo que se goce de una forma física olímpica.

En los tiempos antiguos el trabajo de captación del agua lo efectuaban esclavos cristianos y la soldadesca trajinaba por los peldaños. En la actualidad lo hacen los turistas, previo pago de 4 euros los adultos y 2 los niños.

Entre los turistas cabe mencionar a la primera dama del Imperio, Michelle Obama, que practicó este descenso durante su reciente visita a España. La encargada de la taquilla me informa –ligeramente ofendida por mi insinuación- de que la señora Obama subió y bajó por su propio pie, y no en brazos de sus guardaespaldas, como sin duda hacían sus predecesoras islámicas y yo he sugerido.

Uno no puede menos que preguntarse cómo la diplomacia española ha sometido a la emperatriz del planeta a semejante prueba de esfuerzo. Quién sabe, a lo mejor hasta se presentó voluntaria.


Los jardines fueron diseñados en 1923 por el arquitecto Forestier, según el modelo islámico. En pleno mes de febrero ofrecen una imagen más bien desangelada, pero tienen algunos bancos que resultan muy útiles para tomarse un merecido descanso tras la expedición al fondo del abismo.

Web oficial

domingo, 26 de diciembre de 2010

El palacio de Mondragón en Ronda




El casco antiguo de Ronda es recogido, sinuoso, tranquilo -pese a la proliferación de turistas- y muy agradable de pasear. Al menos al principio de noviembre.

Discurre entre callejas, plazuelas y casas nobles. El edificio más interesante, con la salvedad del Palacio del Rey Moro, que no tuve tiempo de visitar, es el palacio de Mondragón, ocupado tras su restauración por el Museo Arqueológico.

Aunque se trata de un edificio de estilo mudejar-renacentista, es decir, cristiano, la leyenda sitúa su origen en la taifa de Ronda, para pasar posteriormente a constituir la residencia del gobernador nazarí, dentro del Reino de Granada.

De la época musulmana sólo se conserva el trazado de su planta, los cimientos y unos pasadizos subterráneos que comunicaban el jardín con el antiguo alcázar.

En 1485 Ronda fue conquistada por los Reyes Católicos quienes fijaron su residencia en este palacio durante su estancia en la ciudad, tras lo cual pasó a manos del capitán Melchor de Mondragón, cuyo escudo aparece en la portada y que dará nombre al edificio.

Posteriormente la propiedad pasó a manos de Francisco Valenzuela, Marqués de Villasierra.

Una vez satisfecha la preceptiva visita a la taquilla se accede al primero de los tres patios en que se articula.

El patio de entrada, conocido también como patio del pozo, es del siglo XVIII. Dispone de una galería en dos de sus testeros, con arcos de medio punto. Puede verse aquí, una bonita colección de imágenes.

El segundo patio es mudéjar y data del siglo XVI, aunque presenta una mezcla de estilos gótico, renacentista y mudéjar. Desde este patio, un arco de herradura (con puerta mudéjar) da salida a un pequeño jardín con fuentes.
El tercer patio es de estilo tardo gótico.

La belleza de estos patios, galerías, peldaños, rincones, huecos es tan cautivadora que uno se olvida del museo para dejarse llevar entre arcos, columnas, frisos y azulejados.

La construcción culmina en un pequeño jardín con varias fuentes y estanques desde el que puede contemplarse el acantilado sobre el valle.
El museo arqueológico refleja la agitada historia de esta bella ciudad andaluza que fue romana desde su fundación por el general Escipión y a lo largo de siete siglos, para pasar a continuación a manos de suevos, bizantinos y visigodos.

Hasta la llegada a principios del siglo VIII de los musulmanes que permanecieron en ella durante 750 años.


viernes, 17 de diciembre de 2010

Rilke en Ronda, "la ciudad soñada"



Tras la publicación de Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), Rainer Maria Rilke sufrió unas crisis poética que no cesó hasta febrero de 1922, cuando completa las Elegías del Duino.

El poeta y escritor llegó a Ronda en diciembre de 1912, huyendo del frío que había sufrido durante su estancia de cuatro semanas en Toledo. En la ciudad castellana se había alojado en el hotel Castilla.

Camino de Andalucía visita Córdoba y Sevilla. En Córdoba lee el Corán, se pasea por la Mezquita y, según le confiesa a su amiga la princesa Marie, “está a punto de sufrir un arrebato anticristiano”.

El hotel Reina Victoria había sido levantado seis años antes para albergar a los turistas ingleses procedentes de Gibraltar.

Desde el vestíbulo hasta la cafetería se atraviesan un par de salones cargados de grandes espejos, chimeneas, alfombras turcas y sofás victorianos.

Uno puede imaginarse a Rilke recostado en cualquiera de ellos, mientras degusta un café y garrapatea en su cuaderno de notas. No, Rilke no bebe alcohol. Su forma de combatir el frío que le martiriza se basa en el café y en el estoicismo. Es el único huésped del hotel.
En la ciudad reparte su tiempo entre los paseos urbanos y los campestres, en particular por un valle singular, una especie de parque de caza, casi abandonado, propiedad del marques de Salvatierra.

Se ocupa también de mantener al día su prolífica correspondencia y escucha en su interior los versos balbucientes de las Elegías del Duino, aún a medio escribir.

Doy una vuelta por el jardín del hotel mientras abren la cafetería. Es un recinto inclinado que vierte sobre un valle cortado en vertical. Una estatua en hierro retrata al poeta, esbelto y digno, enfundado en un traje, con un libro en la mano.

De regreso al edificio opto por quedarme en la terraza. El camarero, a petición mía, desplaza un velador para situarlo bajo el cálido sol de noviembre.

Mientras bebo una refresco imagino a Rilke tomando el sol mañanero en este lugar. El poeta era aficionado a tomar el sol. J.M. Coetzee dice que el vegetarianismo de Rilke y su afición a tomar el sol desnudo, no se debían tanto a una manía personal como a la influencia del movimiento de regreso a la naturaleza, “que fue tan pujante en los países de lengua germánica a finales del XIX y principios del XX”.
Se conserva en el hotel una habitación-museo, la 208, dedicada al poeta que se alojó aquí durante dos meses. Me informan que ha sido restaurada hace poco, tras haber sufrido una inundación.

Es un pequeño despacho, con un ventanal que da a una terraza sucinta y orientada hacia la sierra sur. La amueblan un escritorio, con su silla y su recado de escribir, además de un armario de vitrina con libros y fotos. En las paredes combinan las fotos con los documentos, cartas, notas, facturas. Alguna jarra con flor, autógrafos.

La vista desde la ventana se mantiene como en la descripción rilkeana a Lou Andreas Salome: “un espacioso valle con parcelas de cultivo, encinas y olivares, Y allá al fondo (…) se alza de nuevo la pura cordillera, sierra tras sierra, hasta formar la más espléndida lejanía”.
Unos días después de su llegada a la ciudad, el 17 de diciembre de 1912, le escribe a la princesa Marie von Thurn und Taxis este fragmento en el que describe su situación anímica y su crisis espiritual:
Es mi sino pasar de largo ante lo humano, para proyectarme hacia lo más extremo, hacia lo marginal de la tierra, como me ocurrió hace poco en Córdoba, donde una perrita fea, en avanzado estado de preñez, se acercó a mí; pero vino hacia mí, porque ambos estábamos completamente solos. Se le hacía muy difícil venir a mi lado, y levantó los ojos agrandados de tanta preocupación e intimidad, solicitando una mirada mía. Y en la suya se reflejaba todas esa verdad que trasciende más allá de lo individual, para dirigirse, yo no sé bien a dónde, hacia el porvenir o hacia lo incomprensible. Se franqueó tan sin rebozo, que llegó a compartir un azucarillo de mi café, pero de paso, ay, muy de paso, celebramos en cierto modo la misa juntos. La acción no fue de suyo otra cosa que un dar y recibir, pero el sentido y gravedad, y nuestra absoluta compenetración, adquirieron una dimensión ilimitada. Y esto puede acontecer únicamente en la tierra; es bueno, en todo caso, haber cruzado por aquí, aun cuando uno se sienta inseguro, aun cuando culpable, aun cuando todo ello no sea en modo alguno heroico. A la postre se estará admirablemente preparado para las relaciones con la divinidad.”