Tenía la infundada esperanza de ver alguna cosa buena en la exposición que cada verano organizan en la sala Kubo del Kursaal donostiarra y en su lugar me encuentro con un bodrio de un cineasta alemán, un tal Harun Farocki (1944-2014) que, según el catálogo “emblematiza un cine que pasó de las salas de proyección a los museos.” Entro y está todo a media luz y plagado de infinidad de pequeñas pantallas de televisión donde se proyectan las museográficas películas de este señor. Todas subtituladas naturalmente. Todas en blanco y negro, naturalmente. Me detengo un par de minutos frente a una de ellas y siento como si retrocediera al cine de arte y ensayo de mi lejana juventud pero en mucho más aburrido. Decididamente, el cine no es para los museos. Nadie va a un museo a ver una película. De hecho en las salas estamos media docena mientras en el exterior las calles están abarrotadas de turistas a los que, quizá, les gustaría poder visitar algo más ameno. Tendrán que cambiar de ciudad para hacerlo porque lo que es en esta poca amenidad artística van a encontrar. Yo no sé a quién se le ha ocurrido la brillante idea de organizar semejante exposición pero, desde luego, no parece pensar en darle a la gente algo interesante y ameno. Más bien parece una clase de teoría sociopolítica de los años sesenta. En fin, otro verano será. O no.

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